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La desilusión

Qué bendición es para nosotros saber que Usted nos está escuchando a través de esta emisora amiga. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Seguimos estudiando las características de la vida auténticamente cristiana, y en esta ocasión, David Logacho nos hablará acerca de la desilusión.

La desilusión es esa sensación nada agradable que todos en más o en menos hemos experimentado cuando no se han cumplido las expectativas anheladas.

La gente se desilusiona porque su equipo favorito pierde en la final del campeonato, o porque el novio o la novia se va con alguna otra persona, o porque el esposo o la esposa no han sido lo que se imaginó antes del casamiento, o porque no le dan la promoción que esperaba en su trabajo, o porque fracasa el negocio en el cual invirtió tanto dinero, tiempo y esfuerzo, o porque la iglesia no es tan perfecta como se pensaba.

Hay una infinidad de motivos por los cuales la gente puede sufrir desilusión. Lo malo de la desilusión, no es sólo ese sentimiento tan horrible de vacío, sino que puede llevar a su víctima a serias crisis depresivas en las cuales el quitarse la vida puede parecer algo atractivo.

En la Biblia aparece un caso típico de desilusión. Se encuentra en el Antiguo Testamento, libro de Éxodo, capítulo 15, versículos 22-23 donde dice: “E hizo Moisés que partiese Israel del Mar Rojo, y salieron al desierto de Sur; y anduvieron tres días por el desierto sin hallar agua. Y llegaron a Mara, y no pudieron beber las aguas de Mara, porque eran amargas; por eso le pusieron el nombre de Mara.”

Este episodio en la vida del pueblo de Israel está aconteciendo apenas días después de la maravillosa liberación que experimentaron por medio de la intervención divina, cuando Dios abrió el mar Rojo para que lo atraviesen en seco, y cerró el mar Rojo para atrapar en las profundidades al ejército egipcio.

Ahora trate de hacerse una imagen mental de lo que estaba pasando. Estamos hablando de un grupo de alrededor de dos millones de personas, formado por hombres y mujeres, desde ancianos hasta recién nacidos, caminando por parajes desérticos, bajo la guía de una columna de nube durante el día y una columna de fuego durante la noche.

El calor debe haber sido abrasador durante el día y el frío aterrador durante la noche. El cansancio y la sed habrán estado afectando gravemente a la mayoría del pueblo. A lo mejor, los que iban delante de la caravana, divisaron a lo lejos un oasis. Habrán informado al pueblo. La noticia se habrá regado como pólvora entre el pueblo. Todos habrán redoblado esfuerzo para acelerar el paso y llegar lo más pronto posible a aquel oasis. Tal vez los que llegaron primero se habrán lanzado a las aguas para beberlas con desesperación.

Pero ¡Oh sorpresa! Las aguas eran amargas. ¡Qué desilusión! Cuando todo el pueblo lo supo, se puso tan mal que inclusive puso el nombre de Mara a aquel lugar. Mara en Hebreo significa amargura. Amarga era su situación. Amarga era su actitud. Amargas eran las aguas.

La desilusión condujo al desánimo y en ese estado hicieron algo muy cuestionable. Éxodo 15:24 dice: “Entonces el pueblo murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Qué hemos de beber?”

En medio de la desilusión, el pueblo murmuró contra Moisés y con ello, murmuró también contra Dios. Con la pregunta: ¿Qué hemos de beber? Estaban diciendo algo como: ¿Por qué nos traes a este desierto para matarnos de sed? Qué triste.

Acababan de ver el poder de Dios abriendo el mar Rojo y en cuestión de horas están quejándose contra Dios. Así opera la desilusión. Es como una venda que impide ver las cosas con claridad. Igual nos pasa a nosotros cuando estamos desilusionados.

La desilusión nos impide ver las cosas con claridad. Pensamos que Dios es injusto o que Dios se ha equivocado, o que Dios no existe porque no ha hecho conforme a nuestro deseo. Todo es producto de la desilusión.

Volviendo a la historia del pueblo de Israel, Éxodo 15:25 nos relata lo que aconteció después. Dice así: “Y Moisés clamó a Jehová, y Jehová le mostró un árbol; y lo echó en las aguas, y las aguas se endulzaron. Allí les dio estatutos, y allí los probó”

Qué contraste tan importante. En su desilusión el pueblo murmuró contra Dios, pero Moisés clamó a Dios. En respuesta, Dios intervino milagrosamente. Mostró a Moisés un árbol, el cual, al ser echado en las aguas hizo que las aguas amargas se endulcen. Pero ponga atención a la última parte de este versículo, dice que allí, en ese momento, Dios dio al pueblo estatutos y ordenanzas y allí los probó.

A decir verdad, como siempre acontece, fue Dios quien estaba en control de esa situación que trajo desilusión al pueblo. Fue Dios mismo quien diseñó esa situación para poder enseñar al pueblo cosas que de otra manera no habrían podido aprender.

¿Está Usted en medio de alguna desilusión? No se desespere. No murmure contra Dios. Clame a Dios y él se encargará de confortarle y en su tiempo, de mostrarle que lo que pasó fue lo mejor, aunque tal vez Usted no lo vea así por el momento. Si Dios permitió que pase aquello que le ha traído desilusión es porque eso es lo mejor desde la perspectiva divina. Recuerde que Dios conoce el futuro tan bien como si fuera el pasado. Dios no hace nada por accidente. De seguro que aprenderá muchas cosas importantes de toda esa situación que le ha causado desilusión. Todo descansa en la confianza en Dios. Si Usted no conoce a Dios, o si lo conoce, no confía en él, no será extraño que Usted piense que Dios se ha equivocado en aquello que le ha causado desilusión y eso le conduzca al profundo abismo de la desesperación.

Pero mirando con mayor atención lo que llevó al pueblo de Israel a la desilusión, fue que, al menos por el momento, hicieron que el hallar agua fresca para beber sea la única fuente de su satisfacción.

Me explico mejor. Para el pueblo no había otra cosa en su mente sino hallar agua fresca. De esta manera esto se transformó en una especie de obsesión. Pensaban que si hallaban agua fresca serían los más felices del mundo y si no hallaban agua fresca serían los más desdichados del mundo.

Dios quería mostrarles que la fuente de su gozo no debe estar en las circunstancias sino en Aquel que controla las circunstancias.

Gran lección para nosotros. La desilusión se origina en pensar que nuestro gozo o nuestro sentido de realización en la vida depende de determinadas cosas. A lo mejor un buen trabajo, un buen negocio, una buena esposa, un buen marido, una linda casa, un hermoso auto, una atractiva novia, un afortunado novio.

Muchas veces Dios hace pedazos nuestros planes sólo para mostrarnos que es incorrecto hacer de las cosas o circunstancias la fuente máxima de nuestra satisfacción.

Cosas o circunstancias son pasajeras e impredecibles y si hacemos de ellas el motivo que determina como nos sentimos, vamos a terminar desilusionados algún día. Debemos aprender que sólo Dios debe ser la única fuente de nuestra satisfacción máxima. Si confiamos en cosas o personas estamos perdidos.

Jeremías 17:5-6 lo pone de esta manera: “Así ha dicho Jehová: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová. Será como la retama en el desierto, y no verá cuando viene el bien, sino que morará en los sequedales en el desierto, en tierra despoblada y deshabitada.”

Toda desilusión que enfrentamos se origina en que pusimos todo nuestro anhelo en personas o cosas. Las personas y las cosas pueden fallar y arrojarnos a la desilusión. Pero Dios nunca falla. Dios nunca defrauda.

Jeremías 17:7-8 dice: “Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto”

¿En dónde está su confianza? ¿En su esposo, en su esposa, en sus hijos, en su fortuna, en su trabajo, en su novia, en su novio, en su juventud, en su salud, en su inteligencia?

Si es así no se sorprenda que alguna vez sea desilusionado, pero si su confianza está en Dios, jamás será desilusionado. Su vida será como aquel árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces y su hoja está siempre verde, no importa que alrededor haya sequía. Este árbol no verá cuando viene el calor.

Si su confianza está sólidamente puesta en Dios, Usted también no verá cuando venga el calor de la adversidad. Note que Dios no está prometiendo ausencia de adversidad. El calor del verano es inevitable. Las pruebas y las adversidades son inevitables.

Lo que Dios está prometiendo es que aunque el mundo se derrumbe alrededor, el que confía en Jehová siempre permanecerá firme, libre de desilusión.

Para terminar volvamos a la historia del pueblo de Israel. Mire lo que dice Éxodo 15:26-27 “Y dijo: Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti; porque yo soy Jehová tu sanador. Y llegaron a Elim, donde había doce fuentes de aguas, y setenta palmeras; y acamparon allí junto a las aguas.”

Qué hermoso. Después del incidente donde hubo tanta desilusión, Dios intervino y condujo al pueblo a aquel lugar maravilloso donde no había no una sino doce fuentes de aguas. Suficiente para satisfacer la sed de todo el pueblo. Había también setenta palmeras para dar sombra y descanso al pueblo.

Cuando Dios es la fuente de la satisfacción, él mismo se encarga de arreglar las circunstancias para traer gozo y felicidad. Cuánta razón tiene la Biblia cuando en Mateo 6:33 dice: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.” La vida auténticamente cristiana está caracterizada por la ausencia de la desilusión.

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