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El rencor

Es un gozo estar junto a Usted, amiga, amigo oyente. Sea bienvenida o bienvenido al estudio bíblico de hoy. Estamos estudiando las características de la vida auténticamente cristiana. Hoy nos corresponde tratar el tema del rencor. En instantes más, estará con nosotros David Logacho para tratar este asunto.

Uno de los síntomas más notorios del estado de descomposición de la sociedad es el rencor. El mundo está lleno de esposas rencorosas, esposos rencorosos, hijos rencorosos, empleados rencorosos, jefes rencorosos, hermanos en la fe rencorosos y hasta pastores rencorosos. Parece que nadie se librara de este mal. Pero la vida auténticamente cristiana se caracteriza por la ausencia del rencor. Cuando hablamos de rencor nos estamos refiriendo a ese resentimiento tenaz y arraigado contra algo o alguien que nos ha causado algún daño en el pasado. Un caso típico de rencor tenemos en uno de los hijos de David cuyo nombre fue Absalón. Como seguramente sabe, David tuvo varias esposas. Una de ellas se llamaba Maaca, con quien David tuvo una hija llamada Tamar. Otra de las esposas de David se llamaba Ahinoam, con quien David tuvo un hijo llamado Amnón. Cuando Tamar y Amnón, se hicieron jóvenes, ocurrió algo inesperado. Amnón se enamoró locamente de su media hermana Tamar. Pero más que amor, se trataba de la pasión carnal de poseer sexualmente a Tamar. Amnón estaba tan desesperado por poseer a Tamar que comenzó a flaquearse. Sucede que Amnón tenía un primo perverso que se llamaba Jonadab. Un día, Jonadab dijo a Amnón: ¿por qué de día en día vas enflaqueciendo así? ¿No me lo descubrirás a mí? Amnón entonces dijo las cosas tal cual como eran: Yo amo a Tamar la hermana de Absalón mi hermano. Perverso como era, Jonadab dio un consejo a Amón diciendo: Acuéstate en tu cama, y finge estar enfermo; y cuando tu padre viniere a visitarte, dile: Te ruego que venga mi hermana Tamar, para que me dé de comer. Dicho y hecho. Cuando vino Tamar para darle de comer, Amnón asió de ella y le dijo: Ven, hermana mía, acuéstate conmigo. A pesar de la resistencia de Tamar, Amnón pudo más y se produjo el incesto. Luego del hecho, Tamar tomó ceniza y la esparció sobre su cabeza y rasgando sus vestidos se fue gritando. Cuando Absalón, hermano de Tamar lo supo, no dijo absolutamente nada a Amnón, simplemente le aborrecía por lo que había hecho a su hermana. El rencor se había instalado en la vida de Absalón. Pasaron dos años hasta que el rencor produjo un resultado macabro. Absalón invitó a sus hermanos a una fiesta y al calor de la bebida, ordenó a sus siervos que acaben con la vida de Amnón. Este fue el desenlace del rencor en la vida de Absalón. Vivir con rencor es en extremo peligroso. Tiene consecuencias físicas. Las personas rencorosas son propensas a padecer problemas digestivos y problemas cardíacos. Tiene consecuencias emocionales. Una persona rencorosa corre serios riesgos de sufrir crisis nerviosas y vivir en constante depresión emocional. Tiene consecuencias mentales. La persona rencorosa vive solo pensando en el motivo de su rencor y esto le impide concentrarse en cosas más provechosas. Es como un preso, y los gruesos barrotes que le guardan son el rencor. Qué terrible es tener que vivir como prisionero de alguna situación. Una vez oí una historia. No sé si será ficticia o verdadera, pero ilustra muy bien lo negativo de vivir prisionero de alguna situación sin arreglar. Se trata de una niña y un niño que eran hermanos y fueron a visitar a sus abuelos en su granja. Queriendo congraciarse con el nieto, el abuelo le regaló una hermosa honda. El niño buscó algunas piedrecillas y se distrajo arrojándolas con la onda. Desdichadamente, una de esas piedrecillas hizo blanco en la cabeza de una pata que caminaba por el patio de la granja. La pata dejó de existir con la cabeza destrozada. Para colmo de males, era la pata preferida de la abuela. Desesperado, el niño trató de ocultar el cuerpo del delito. Arrastró la pata muerta a un costado del patio, cavó un agujero y la enterró inmediatamente. Cuando se estaba secando la frente una vez terminado el trabajo, se quedó frío al contemplar que a lo lejos, su hermana estaba observando en silencio todo lo que había pasado. Llegó la hora de la cena. Al finalizar, la abuela dijo: ¿Quién de ustedes dos me va a ayudar lavando los platos de la cena? Los niños se miraron entre ellos. La niña entonces habló al oído del hermano y le dijo: Acuérdate de la pata. El niño abrió los ojos y dijo: Yo lavaré los platos abuela. Así lo hizo. Al día siguiente, después del desayuno, el abuelo dijo: ¿Quién de ustedes dos va a ir conmigo de pesca? Los niños se miraron entre ellos. La niña entonces habló al oído de su hermano y le dijo: Acuérdate de la pata. El niño agachó la cabeza y dijo: Yo no iré de pesca contigo abuelo. El niño se quedó en casa con la abuela. Pero en algún momento recapacitó y dijo: Ya no soporto más. Mi hermana me tiene esclavizado. Será mejor que me libre de todo esto. Fue donde la abuela y le contó todo lo que había pasado. La abuela le abrazó y le llevó a la cocina. Mirando a través de la ventana que daba hacia el patio, le dijo: Hijo, yo vi todo lo que pasó ayer, desde este lugar en la cocina. Solo estaba esperando que tú mismo me lo dijeras. Con el rencor ocurre algo parecido. La persona rencorosa es esclava de lo que causó el rencor. Se pasa el tiempo pensando en eso. El rencor tiene también consecuencias espirituales. 1 Juan 4:20 dice: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? El rencor contra algún hermano descubre la insinceridad de nuestra declaración de que amamos a Dios. No piense que el rencor es inofensivo. Afecta el cuerpo, el alma, la mente y el espíritu de la persona. ¿Qué podemos hacer para sacar el rencor de nuestros corazones? En primer lugar, reconocer que tenemos rencor. Si no logramos admitir con sinceridad que tenemos rencor jamás podremos librarnos del rencor. El orgullo es un obstáculo para admitir que tenemos rencor. Muchas personas rencorosas dicen cosas como por ejemplo: Yo no tengo rencor contra nadie, pero por favor ni me nombre a tal o cual persona, porque solo con oír ese nombre se me revuelve el estómago. Estas persona tiene rencor pero su orgullo les impide admitirlo. En segundo lugar, reconozca que el rencor es pecado. Ponga atención a lo que dice Levítico 19:18 “No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová.” El rencor es contrario a la voluntad de Dios y por tanto, es pecado. No justifique su rencor. Si es una esposa, no diga: Es que mi esposo me dejó por otra mujer, o mi esposo me agredió físicamente, por eso le guardo rencor. Más bien diga a Dios. Reconozco que tengo rencor contra mi esposo y sé que el rencor es pecado. En tercer lugar, confiese a Dios el pecado del rencor. 1 Juan 1:9 dice: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” En cuarto lugar, identifique lo más objetivamente posible el motivo de su rencor. Haga inclusive una lista de personas o situaciones contra las cuales ha guardado rencor. Siempre tiene que haber algún motivo para guardar rencor. Nadie se vuelve rencoroso sin motivo alguno. Una vez que tenga claro en su mente contra qué o contra quienes tiene rencor, dé el quinto paso, perdone a cada persona que le hizo algo malo, inclusive a cada situación que le afectó de alguna manera. Puede ser un esposo que le fue infiel, una esposa que humilló a su esposo, un jefe que le trató injustamente, o quizá la economía de un país que hizo naufragar su negocio. Recuerde que el perdón no es opcional sino una obligación para el creyente. Lucas 6:37 dice: “No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados.” Perdón no es sinónimo de olvido. Por el hecho de perdonar no necesariamente va a olvidar la ofensa que recibió. Puede ser que con el correr del tiempo se olvide, pero no será algo inmediato. No se sienta mal tampoco si recuerda una ofensa aun cuando ya la ha perdonado. El perdón debe ser visto más bien como un compromiso que se hace delante de Dios por el cual nunca más se va a usar la ofensa como motivo para una discusión y pero como motivo para tomar venganza contra el ofensor. Esto es perdón. Si Usted ha perdonado a alguien, nunca jamás debe volver a sacar el asunto que perdonó para aclarar o para atacar con eso al que le ofendió. Si este principio se entendiera bien y sobre todo se lo practicara bien, no habría jamás, por ejemplo, esposas que en cada discusión con su esposo, saquen la lista de todas las faltas cometidas por él. No habría esposas que digan a sus esposos: Siempre has sido así, o ¿por qué haces siempre lo mismo? a pesar que todo eso ya ha sido perdonado. El perdón es como un efectivo detergente que limpia de rencor el corazón. Al perdonar, no exija explicaciones, simplemente perdone. A veces no será posible mirar cara a cara, a quien le ofendió y contra quien guarda rencor. Quizá está lejos, o se ha muerto, o simplemente no quiere saber nada de Usted. Si es así, no importa, perdone de todas maneras. Hágalo delante de Dios y hágalo de corazón. Una vez que ha perdonado, si vienen a su mente las ofensas recibidas, procure con la ayuda de Dios no pensar más en ello. Cuando eso pase, ore al Señor, dígale: Señor esto que estoy pensando no es bueno, porque es algo que ya lo perdoné, ayúdame a sacar este pensamiento de mi mente. Luego ocupe su mente en algo edificante. Poco a poco logrará ni siquiera pensar en las cosas que le ofendieron tanto y que ya han sido perdonadas. La vida auténticamente cristiana está caracterizada por la ausencia del rencor.

la ira

El orgullo