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Tomemos el lugar que nos corresponde y recibamos a Jesús como nuestro Salvador

Qué grato es estar con Usted, amiga, amigo oyente. Bienvenida, bienvenido a este tiempo especial en el cual estaremos compartiendo palabras de esperanza. En instantes más estará con nosotros David Logacho con un mensaje de esperanza extraído de la palabra de Dios.

Quisiera comenzar leyendo un pasaje bíblico que se encuentra en Lucas 18:31-34 donde dice: “Tomando Jesús a los doce, les dijo: He aquí subimos a Jerusalén, y se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre. Pues será entregado a los gentiles, y será escarnecido, y afrentado, y escupido. Y después que le hayan azotado, le matarán; mas al tercer día resucitará. Pero ellos nada comprendieron de estas cosas, y esta palabra les era encubierta, y no entendían lo que se les decía.”

Este episodio en la vida de Jesús y sus discípulos ocurrió apenas pocos días antes que Jesús sea crucificado. El grupo de discípulos con Jesús a la cabeza estaba camino a Jerusalén en donde se celebraría la pascua, fiesta judía en la cual Jesús fue inmolado como el Cordero pascual.

Reuniendo a los doce, Jesús les habla directamente al corazón. Sus palabras son claras y precisas: He aquí subimos a Jerusalén, y se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre. Luego pasa a detallar algunas de esas cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre. Será entregado a los gentiles. Esto significa que el Mesías de Israel, el Cristo, el Ungido, quedará a merced del poder gentil de la época, en este caso, del poder del imperio romano. Jesús entonces será escarnecido, afrentado y escupido.

Escarnecer significa hacer mofa y burla de alguien. Afrentar significa causar vergüenza y deshonor por algún dicho o hecho.

El tiempo se acercaba raudamente para que Jesús viva en carne propia todo esto que fue profetizado. En una acción de máximo desprecio y humillación Jesús iba a ser escupido. En esas condiciones, sería azotado.

La manera de azotar a un reo dependía de quien azotaba. Si los que azotaban eran judíos, el máximo número de azotes permitido por la ley era de cuarenta. En un celo por no infringir la ley, los judíos tenían la costumbre de dar cuarenta azotes menos uno. Pero si los que azotaban eran romanos, no había límite en el número de azotes ni en la severidad de los azotes. Jesús fue azotado por los romanos.

El látigo romano utilizado para azotar tenía varias cuerdas unidas a un mango. El extremo de cada cuerda terminaba en un afilado garfio o gancho hecho de hueso o metal. El reo era desnudado y atado a un madero clavado en el suelo. Luego los verdugos procedían a azotarlo. Con cada azote, los garfios penetraban profundo en la carne del reo. Cuando el verdugo retiraba el látigo los garfios desgarraban la carne de una manera indescriptible. Después de pocos azotes, la espalda del reo quedaba prácticamente desollada.

Esto sufrió nuestro Salvador amigo oyente. El cuerpo sangrante por el maltrato estaba listo para ser crucificado. Jesús dijo que lo iban a matar. Pero la muerte no sería el final para el Hijo del Hombre. Jesús resucitaría de entre los muertos al tercer día.

Note como Jesús no se reserva detalle alguno de lo que iba a pasar en cuestión de días en Jerusalén. Los discípulos oían las palabras pero no entendían su significado. Lo que Jesús estaba diciendo les entraba por una oreja y les salía por la otra.

Lucas dice que los discípulos nada comprendieron de estas cosas y no entendían lo que se les decía. ¡Qué triste! Pero más triste es que millones hoy en día están en la misma situación que estos discípulos de Jesús. Al menos los discípulos de Jesús entendieron las palabras de Jesús después que sucedieron los hechos anunciados por Jesús, pero millones hoy en día no terminan de entender el significado de la pasión y muerte de Jesús.

Aquí cabe una pregunta: ¿Por qué es que los discípulos de Jesús no entendieron lo que Jesús les estaba diciendo? Pueden haber habido muchas razones, pero la más poderosa era porque sus mentes estaban totalmente ocupadas en lo material, en lo presente, en lo de este mundo.

Los discípulos de Jesús estaban fascinados con la idea de un Mesías hecho a la medida de sus necesidades. Ellos querían un Mesías poderoso, de modo que acabe de una con el imperio romano que estaba en el poder en esa época. Ellos querían un Mesías que se siente lo antes posible en su trono y que los discípulos sean sus hombres de confianza. Buscaban poder y con el poder vendría la riqueza y el esplendor. Querían ya mismo tener todo lo que el Antiguo Testamento promete en cuanto al reinado del Mesías. Gloria, majestad, sanidad, prosperidad, felicidad y todo lo demás.

En cosas así estaba ocupada la mente de los discípulos de Jesús, de modo que cuando Jesús habló de que en Jerusalén iba a ser escarnecido, afrentado, escupido, azotado y finalmente muerto, no se dieron por enterados. Estas ideas eran totalmente ajenas a las expectativas que ellos tenían. Ni siquiera el anuncio de la resurrección de Jesús les hizo cambiar su enfoque en lo material y en lo presente. Esto es inaudito. La resurrección de Jesús, que es la estocada final contra la muerte, no causó ninguna reacción en lo absoluto.

Algo parecido puede estar pasando con alguien que está escuchando este programa radial este instante. Está oyendo que en Jesús se cumplió todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del hombre. Está oyendo que Jesús fue escarnecido, afrentado y escupido. Está oyendo que Jesús fue azotado y que murió. Inclusive está oyendo que Jesús resucitó al tercer día, pero no entiende nada de esto. Le da lo mismo que si no lo hubiera oído.

¿Cuál es el problema? Pues que la mente de esta persona está en lo material, en lo presente, en lo que es propio de este mundo. Quizá es una persona que lo único que le interesa es librarse de algún problema, o acumular riqueza, o vivir holgadamente, o tener poder, o alcanzar fama, o rodearse de dicha y felicidad, o experimentar algún placer.

Su mente está en eso, no puede pensar en otra cosa. Por eso es que no reacciona en absoluto cuando oye que Jesús padeció, murió y resucitó. Pero ¿sabe una cosa amable oyente? Si su mente está ocupada exclusivamente en lo material, en el presente, en lo de este mundo, entonces Usted está descuidando algo que es muchísimo más importante. No estoy diciendo que sea algo malo desear librarse de los problemas o tener riqueza, o vivir cómodamente o tener fama o ser feliz o disfrutar de lo placentero. No. Estas cosas son buenas.

Pero lo malo está en buscar solamente eso e ignorar las cosas espirituales. Después de todo, las cosas materiales son útiles solamente mientras estamos con vida en este mundo.

¿Y cuando salgamos de este mundo? En el más allá no nos van a servir de mucho. De modo que amable oyente, es necesario que Usted no sólo oiga lo sucedió con Jesús, sino que entienda por qué tuvo que pasar todo eso. Jesús no fue escarnecido, afrentado, escupido, y finalmente muerto, en balde, de gana, sin motivo alguno.

La Biblia es clara en cuanto a que su pasión y muerte tuvo un solo propósito y éste es salvar al pecador. Romanos 5:8 dice: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”

Allí lo tiene claramente establecido. Cristo murió por nosotros, pecadores. La preposición “por” perfectamente puede traducirse en el sentido de “en lugar de” En otras palabras. Cristo murió en lugar del pecador. La pasión y muerte de Cristo, solo hallan significado verdadero cuando se lo ve a la luz de Cristo tomando el lugar del pecador. Cristo fue el sustituto del pecador.

La Biblia dice que la paga del pecado es muerte, por tanto el pecador merece la muerte. El pecador merece ser escarnecido. El pecador merece ser afrentado. El pecador merece ser escupido. El pecador merece ser azotado. El pecador merece morir en definitiva.

Pero todo esto lo hizo Cristo. ¿Por qué? Pues porque él estaba tomando el lugar del pecador. Así que en Cristo, la deuda por el pecado está pagada. Si alguien quiere quedar libre de pagar la deuda de su propio pecado, lo único que tiene que hacer es recibir a Cristo como su Salvador. De esa manera el pecador quedará libre de toda condenación. Romanos 8:1 dice: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.”

Pero no olvide que Jesús también dijo que después de morir iba a resucitar al tercer día. Esto se cumplió tal como él lo dijo. La resurrección de Cristo es un hecho irrefutable, no sólo porque lo dijo Cristo, sino también porque lo constataron muchos. Cristo venció la muerte y otorga garantía de victoria sobre la muerte a todo aquel que en él cree.

En resumen amable oyente, Usted ha oído acerca de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. ¿Le ocurre lo mismo que pasó con los discípulos de Jesús? Me refiero a que nada comprende de estas cosas. Si es así, necesita saber este mismo instante que Jesús fue escarnecido, afrentado, escupido y muerto por Usted, para que Usted no tenga que pagar lo que merece por ser pecador.

Si desea aprovechar lo que Jesús hizo por Usted en la cruz del Calvario, hoy mismo hable con Dios, reconozca que Usted es pecador. Reconozca que por ser pecador merece el peor de los castigos por parte de Dios. Mire con los ojos de la fe a Jesús tomando el lugar que a Usted le corresponde y dé un paso de fe recibiendo a Jesús como su Salvador. Conforme a la promesa de Dios en su palabra, Usted será una persona salva y tendrá la victoria sobre la muerte, así como Cristo resucitó venciendo la muerte.

La palabra: Amén

Un hombre que estando en tinieblas vio la luz