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Lo inútil de confiar en nosotros mismos para ser salvos

Qué bendición es para nosotros saber que Usted nos está escuchando a través de esta emisora. Damos gracias a Dios por el privilegio que nos brinda al poder compartir con Usted estas palabras de esperanza. En instantes más estará junto a nosotros David Logacho para mostrarnos lo inútil de confiar en nosotros mismos para ser salvos.

Hace algunos años atrás, en mis años de juventud, solía participar, en conjunto con los jóvenes de la iglesia donde me congregaba, en lo que llamábamos la encuesta religiosa.

La idea era ir de casa en casa, haciendo una encuesta que consistía en diez preguntas para tener una idea de la condición espiritual de la gente. Una de las preguntas era: ¿Cómo piensa que puede llegar al cielo? Las opciones de respuesta eran varias.

Una de ellas, mediante el cumplimiento de ritos religiosos, como el bautismo, la primera comunión, la confirmación, asistencia a misa. Otra opción era: Mediante el hacer buenas obras, como dar limosna, ayudar a los necesitados, colaborar con obras de beneficencia social. Otra opción era: Mediante el llevar una vida moral, no mentir, no robar, no adulterar, no hacer mal a nadie, cumplir con todas las responsabilidades sociales. Otra opción era: Mediante la fe en que Cristo murió en lugar del pecador.

Usted se sorprenderá, pero la gran mayoría de los encuestados respondía que la forma de llegar al cielo era a través de hacer buenas obras. Estas personas normalmente se hacían la idea que Dios es como un Juez que tiene una balanza en su mano. En uno de los platos de la balanza pone cada buena acción que la persona realiza mientras está en el mundo. En cambio, en el otro plato de la balanza pone cada mala acción que la persona realiza mientras está en el mundo.

Cuando la persona muere es el fin del tiempo asignado para hacer cualquier tipo de obras. Este también es el tiempo cuando el Juez determinará hacia qué lado se inclina la balanza. Si por desgracia la balanza se inclina hacia el lado de las malas obras, el Juez dictaminará que la persona va al infierno. Si la balanza se inclina hacia el lado de las buenas obras, el Juez dictaminará que la persona va a al cielo.

Por esto, cuando a mucha gente se le pregunta: ¿Sabe si irá al cielo cuando muera? La respuesta sincera de ellos es: No sé. Con una manera de pensar así sobre cómo entrar al cielo, claro que no se puede saber si se irá o no al cielo, porque no se sabe que malas obras hará hasta cuando muera y tampoco sabe que buenas obras hará hasta cuando muera. El ir al cielo o al infierno, para muchos, será, según ellos, la gran sorpresa que les espera cuando mueran. Por eso mejor ni se preocupan mientras están con vida en este mundo.

Un amigo mío que pensaba así, solía decirme: La vida es demasiado breve como para preocuparse sobre donde iré cuando muera. Además, eso depende de Dios. Él sabrá si me manda al cielo o al infierno.

Usted no se imagina la cantidad de personas que piensan justamente de esta manera. ¡Qué triste será vivir con esta incertidumbre! El problema básico con la forma de pensar que las buenas obras nos pueden garantizar la entrada al cielo es que la Biblia afirma algo totalmente opuesto.

Para demostrarlo, me gustaría tomar una porción bíblica que de una manera clara afirma que las buenas obras no tienen en absoluto poder para llevar a alguien al cielo. Se encuentra en el Antiguo Testamento. Isaías 64:6 donde dice: “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento”

Todos nosotros somos como suciedad. Esto habla del carácter de todo ser humano sobre la faz de la tierra. A los ojos de Dios somos como suciedad, como algo ceremonialmente impuro. De aquí parte lo que dice el texto a continuación: Todas nuestras justicias, o todas nuestras buenas obras, o lo mejor de nuestras buenas obras, son catalogadas por Dios como trapo de inmundicia. Esta expresión, trapo de inmundicia, en el idioma en que se escribió el Antiguo Testamento significa literalmente: Los trapos que usa una mujer durante su período menstrual.

Así es como ve Dios al mejor esfuerzo del hombre para acercarse a él. Simplemente Dios no lo puede tolerar. De modo que aunque Usted no cometiera jamás una sola obra mala y se pasara toda la vida haciendo obras buenas, aún así no le alcanza para poder ser salvo, porque todas sus buenas obras, a los ojos de Dios son como trapo de inmundicia. No es que Dios no esté de acuerdo con que el hombre haga buenas obras. Las buenas obras son apreciadas por Dios, pero no para otorgar salvación a cambio.

El problema es el carácter del hombre en su estado natural. Como dijo Isaías, el hombre es como suciedad. Su carácter está sucio o impuro.

Imagine por un instante que un buen día invita a su esposa a comer a un hermoso restaurante por alguna ocasión especial. El mozo, o mesero, o camarero, como quiera que lo llame en los diferentes países de América Latina, viene a su mesa con el menú. Tanto Usted como su esposa están con mucha hambre, y siendo que es una ocasión especial, escogen el plato que les parece más apetitoso, sin siquiera dar una mirada al precio. Mientras esperan la comida, dialogan animadamente. Al rato viene lo pedido. Pero la mirada de los dos se dirige a los platos. Están tan sucios que parece que no los hubieran lavado. Tratando de hallar una explicación a lo sucedido, miran con atención las manos del mozo, o mesero, y ahí está la razón. Tiene las manos tan negras y grasientas como si hubiera estado trabajando en el motor de un automóvil. Ante el reclamo, el mozo o mesero, se disculpa y dice: Perdón por tener las manos tan sucias, pero le garantizo que la comida es la más deliciosa que puede hallar en esta ciudad.

¿Aceptaría comer con gusto ese delicioso potaje? Claro que no. Las manos sucias del mozo o mesero lo han echado a perder. Seguramente se levantará enojado y llevará su queja al dueño del restaurante. Con solo ver las manos del mozo o mesero se le habrá ido el hambre. Bueno, algo parecido pasa con Dios.

Las manos del hombre en su estado natural están sucias de pecado. Por más grandiosa que sea la obra realizada, se contamina con la suciedad de sus manos, y por eso Dios no lo puede aceptar en absoluto. Dios dice: Esas obras son como trapo de inmundicia. Lo que el hombre necesita entonces es primero cambiar su carácter. Dejar de ser como suciedad. Este cambio de carácter no es el resultado de hacer buenas obras. Es una obra sobrenatural de Dios, en respuesta a la fe de la persona que quiere tener un carácter aceptable por Dios.

Considere lo que dice Efesios 2:8 “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios”

Allí lo tiene. La salvación que Dios ofrece es por gracia por medio de la fe. Esto significa en primer lugar que la salvación es un regalo de Dios. No es algo que el hombre merezca.

En segundo lugar, significa que este regalo, llamado salvación, se lo recibe por fe. La fe que conduce a la salvación no es una fe ciega. Es una fe inteligente. Es una fe que considera varios hechos reales.

Número uno, el hecho que el hombre es pecador. La Biblia lo declara así. Romanos 3:9 dice: “¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado.”

Nadie puede escapar de esta realidad.

Número dos, el hecho que Dios ha establecido soberanamente un castigo por el pecado. Ezequiel 18:4 dice: “el alma que pecare, esa morirá”

Esta es la consecuencia del pecado. Cuando se habla de muerte, no se está refiriendo solamente a la muerte física, sino a la eterna separación de Dios en un lugar que la Biblia llama infierno. Es algo muy serio ignorar el hecho que somos pecadores, e ignorar que el castigo por el pecado es la muerte, porque esa ignorancia podría significar para alguien la eterna separación de Dios en el infierno.

Número tres, el hecho que Dios ama al pecador y por eso diseñó el camino para que el pecador pueda ser salvo. Ese camino significa que una persona justa, perfecta y santa esté dispuesta a pagar lo que el pecador merece por su pecado. Esta persona es el Hijo de Dios, Jesucristo, quien murió en la cruz del Calvario en lugar del pecador. Romanos 5:8 dice: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”

La muerte de Cristo en la cruz satisfizo la justicia divina y abrió el camino para que el pecador que reciba a Cristo como Salvador sea perdonado de todo su pecado y de ese modo pueda entrar al cielo sin problema.

Número cuatro, el hecho que para ser salvo es necesario recibir a Cristo como Salvador. Juan 1:12 dice: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”

Estos son los hechos que una persona debe tomar en cuenta para poder ser salva. Luego tiene que depositar su fe en estos hechos. Tiene que creer de corazón que esto es así. No es suficiente conocer los hechos, es necesario creer con sinceridad en esos hechos. Eso es fe. Por gracia Dios ofrece la salvación a todo pecador, la fe hace que cualquier pecador que cree en la persona de Cristo se apropie de ese regalo llamado salvación.

¿Cómo está su vida mi querido amigo, amiga? ¿Ha estado pensando también Usted que tal vez sea salvo o salva si hace las suficientes buenas obras? No olvide que la salvación jamás se conseguirá por medio de las buenas obras. Las buenas obras del pecador son como trapos de inmundicia para Dios. Mejor crea lo que dice la Biblia. Hoy mismo reciba a Cristo como su Salvador. Si lo hace, comuníquese con nosotros para enviarle literatura útil para su nueva vida espiritual.

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