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Jesucristo mismo nos enseño a importunar al Señor con nuestros pedidos

La Biblia Dice… da una cordial bienvenida a un nuevo estudio bíblico sobre la oración. Los hombres que más han logrado para Dios han sido hombres de oración. Juan Wesley solía pasar al menos dos horas en oración cada día. Samuel Rutheford se levantaba todos los días a las tres de la mañana a esperar en el Señor. Se dice que Juan Fletcher bañó las paredes de su habitación con el aliento de sus oraciones. Si. Los grandes misioneros han sido también todos ellos hombres de oración. Pensemos en David Brainerd muriendo a la edad de 29 años, y Enrique Martyn a la edad de 31 años pero sin embargo, sus nombres se distinguen claramente en el firmamento de los misioneros. Estos jóvenes ejercieron una profunda influencia no solamente sobre su propia generación sino también sobré generaciones posteriores. Su influencia no se debió tanto a sus obras que tempranamente quedaron truncas, sino a su vida de oración y la consiguiente santidad de carácter. Estos hombres creyeron en el poder que tiene la oración, e importunaron al Señor con sus oraciones. Juan Knox clamaba al Señor: Dame Escocia o me muero. Oh cuanto necesitamos nosotros también hoy en día vibrar como esos hombres vibraron importunando al Señor con nuestras oraciones. Jesucristo mismo nos enseño a importunar al Señor con nuestros pedidos, veamos pues, de que se trata esto.

Abramos nuestras Biblias en el Evangelio según San Lucas, capitulo 11 versículos 5 a 10. La Palabra del Señor dice así: «Les dijo también: ¿Quién de vosotros que tenga un amigo, va a él a media noche y le dice: Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mi ha venido a mí de viaje, y no tengo qué ponerle delante; y aquel, respondiendo desde adentro, le dice: No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis niños están conmigo en cama; no puedo levantarme, y dártelos? Os digo, que aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite. Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama se le abrirá. Esta parábola, está orientada a mostrar la disposición de Dios a oír y contestar las peticiones de sus hijos. La historia tiene que ver con hombre que recibe un huésped inesperado en su casa a media noche. Desafortunadamente, no tiene ningún alimento a la mano para convidar a su huésped. Así que, va a la casa de su amigo, golpea la puerta y pide algo para que su huésped coma. El amigo se enoja por las altas horas de la noche a las que es solicitado, pero por la importunidad del vecino atiende a todo lo que éste necesita. En la parábola, Jesús no está diciendo que Dios es como ese vecino quejoso sino más bien tocto lo contrario. Si un vecino quejoso y soñoliento finalmente atiende la necesidad de un amigo inoportuno, cuanto más nuestro amado Padre celestial atenderá las necesidades de sus amados hijos. La oración es respondida en base a nuestra relación Padre hijo con Dios, no en base a nuestra amistad con él, pero Jesús usó la amistad de estos dos vecinos para ilustrar la audacia en la oración. Dios el Padre, no se parece al vecino gruñón, él nunca se duerme, él nunca se torna impaciente o irritable, él siempre es generoso y se deleita en satisfacer las necesidades de sus hijos. El amigo necesitado tuvo que ser audaz golpeando la puerta para ser atendido, pero Dios está presto para responder al llamado de sus hijos. El argumento entonces es claro, si la audacia logró que un vecino gruñón abra la puerta, cuanto más logrará ante nuestro Padre celestial, porque antes de cualquier otra cosa somos nada más y nada menos que los hijos de la casa. Un estudio cuidadoso de la palabra importunidad demuestra que ésta significa audacia, desvergüenza. Por eso fue aplicada muy bien al amigo que no tuvo empacho de golpear la puerta de su vecino a la media noche cuando todos dormían con él en su casa. La parábola enseña entonces a orar con audacia, con desvergüenza. El orar con audacia no es sinónimo de irrespeto. Jesús no está abogando por un acercamiento irreverente a Dios. El orar con audacia significa un convencimiento total de que lo que pedimos es la voluntad de Dios y no vamos a dejar de orar hasta recibirlo. Por ejemplo, Abraham fue audaz cuando intercedió por los justos de Sodoma y como resultado, Dios preservó la vida de Lot y su familia. Jacob fue audaz cuando luchó con el Señor en Peniel y como resultado Dios le usó de una manera maravillosa. Moisés fue audaz cuando intercedió por el pueblo de Israel después del incidente con el becerro de oro. Éxodo 32:31-32 dice: «Entonces volvió Moisés a Jehová, y dijo. Te ruego, pues este pueblo ha cometido un gran pecado, porque se hicieron dioses de oro, que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito» En estos textos vemos el perfecto equilibrio entre la audacia para pedir y el respeto hacia Dios. En otra ocasión Moisés volvió a ser audaz pidiendo al Señor que su presencia estuviera con ellos. Éxodo 33:12-17 dice: «Y dijo Moisés a Jehová: Mira, tú me dices a mí: Saca este pueblo; y tú no me has declarado a quien enviarás conmigo. Sin embargo, tú dices: Yo te he conocido por tu nombre, y has hallado también gracia en mis ojos. Ahora, pues, si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos; y mira que esta gente es pueblo tuyo. Y él dijo: Mi presencia irá contigo, y te daré descanso. Y Moisés respondió: Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí. ¿Y en qué se conocerá aquí que he hallado gracia en tus ojos, yo y tu pueblo, sino en que tú andes con nosotros, y que yo y tú pueblo seamos apartados de todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra? Y Jehová dijo a Moisés: También haré esto que has dicho, por cuanto han hallado gracia en mis ojos, y te he conocido por tu nombre» Qué hermosa oración, que audacia para pedir. Dios honró a Moisés concediéndole el pedido. El libro de los Salmos también contiene hermosos ejemplos de oraciones audaces a Dios. Salmo 35:23 dice: «Muévete y despierta para hacernos justicia» Salmo 44:23 dice: «Despierta; ¿Por qué duermes Señor? Despierta, no te alejes para siempre» Salmo 94:2 dice: «Engrandécete, oh Juez de la tierra; Da el pago a los soberbios». Por supuesto, nuestra audacia en la oración debe ser balanceada con reverencia. Nunca jamás debemos perder la imagen de grandeza y majestad del Señor y jamás debemos hablarle en una manera que exprese irreverencia o indebida familiaridad. Conozco a creyentes que se refieren a Dios como «el viejo» o «el de arriba», etc. y esto es un pecado condenado por Dios en Su Palabra. Eclesiastés 5:2 dice: «No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras». Salmo 111:9 nos enseña que el nombre del Señor es santo y temible. Si, tenemos que ser audaces para orar y a la vez reverentes ante Dios. La mejor manera, de conseguir este equilibrio es cuando dejamos que nuestra audacia esté basada en las promesas de Dios en su Palabra. En base a toda la parábola, los versículos 9 y 10 de Lucas 11 nos enseñan que no debemos cansarnos o desmayar en nuestra vida de oración. La idea de los textos es continuamente sigan pidiendo, continuamente sigan buscando, continuamente, sigan llamando. No se cansen, importunen a Dios con sus pedidos, porque todo el que pide en la voluntad de Dios con audacia recibirá, todo aquel que busca las cosas de Dios con audacia las hallará y todo aquel que llama a Dios con audacia será atendido. Hermosa promesa. Ojalá que todos nosotros seamos audaces para importunar al Señor con nuestros pedidos en su voluntad y para ver que esos pedidos son respondidos.

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