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Cuando debemos dejar de orar por algo que estamos pidiendo al Señor

Saludos cordiales a nombre de la Biblia Dice… Bienvenidos a nuestro estudio bíblico del día de hoy. Continuamos con la serie sobre la oración. En nuestro último estudio bíblico vimos la manera como se relaciona la oración con la salvación de los incrédulos. Conocimos que la voluntad de Dios es que ninguno perezca, por tanto es perfectamente legal orar por la salvación de los incrédulos. Mientras estemos orando por cosas que son la voluntad de Dios, podemos tener la certeza que Dios escucha nuestra oración y nos responde. Quizá la respuesta tarde algo, pero ciertamente vendrá, George Muller oró durante 52 años por la salvación de uno de sus amigos. No pudo ver una respuesta a su oración en la tierra, porque Dios le llamó al cielo, pero pocos meses después de su muerte, el amigo de Muller aceptó a Cristo. Una madre empezó a orar por la salvación de su hijo, y Dios respondió a esa oración después de 60 años. Dios responde en su s tiempo. No necesariamente cuando nosotros queremos. No seamos como aquel creyente que oraba pidiendo al Señor paciencia y al final de su oración decía, te ruego que me des paciencia, ¡pero lo quiero ya! Todo esto nos lleva a pensar en cuando debemos dejar de orar por algo que estamos pidiendo al Señor, y este justamente será el tema de nuestro estudio bíblico de hoy.

¿Debemos los creyentes, continuar en oración indefinida por algo que estamos pidiendo al Señor? La respuesta depende en realidad del pedido específico que tengamos en mente. Si este pedido es la voluntad de Dios, lo cual lo sabemos porque ha sido revelado en su Palabra, entonces debemos orar aquello hasta ver una respuesta o hasta que el Señor nos lleve al cielo. Por ejemplo, la voluntad del Señor es la salvación del incrédulo, nuestra responsabilidad como creyentes debe ser orar indefinidamente por esto. Por supuesto que ningún incrédulo se salva por el solo hecho que ha habido un creyente que ha estado orando por él, la salvación es un asunto entre Dios y el hombre pecador. Nuestras oraciones no salvan a nadie, pero de alguna manera inescrutable para la mente humana influyen en la salvación y por tanto, es necesario perseverar en la oración constante por nuestros familiares inconfesos, nuestros amigos, vecinos, etc. Aunque ellos no lleguen a ser salvos jamás, nosotros no debemos salir de este mundo con nuestra conciencia acusándoos que a lo mejor no oramos lo suficiente por la salvación de uno de aquellos. Otro ejemplo, los pastores, tenemos la responsabilidad de orar por aquellos que Dios ha puesto bajo nuestro cuidado. Samuel es un buen ejemplo de un líder espiritual del pueblo de Dios. En 1ª Samuel 12:23 él expreso lo siguiente: «Así que, lejos sea de mi que peque yo contra Jehová cesando de rogar por vosotros; antes os instruiré en el camino bueno y recto» Para Samuel era un grave pecado el  dejar de orar por el pueblo de Israel, igualmente para el pastor es un grave pecado dejar de orar por las ovejas que Dios ha traído a su redil. Ciertamente que esta no es una tarea fácil para los pastores, porque a veces hay creyentes que son realmente difíciles de soportar, pero 1ª Samuel 12:23 nos enseña a persistir en oración por ellos, sin importar sus acciones y actitudes. Tenemos entonces que nuestra responsabilidad como creyentes es persistir en oración por los motivos que sabemos a ciencia cierta son la voluntad de Dios. Pero que pasa con aquellos motivos que sin estar necesariamente revelados en la Palabra de Dios, no contradicen la Palabra de Dios. Estos motivos de oración deben ser tratados como deseos que tenemos en nuestro corazón. Tenemos por ejemplo el caso del Apóstol Pablo. Pablo tenía una enfermedad física. Su deseo, como en cualquier ser humano normal, era sanarse. Dios en ninguna parte de la Biblia ha prometido sanar a todos los enfermos, por tanto no es la voluntad de Dios que todo enfermo se sane. Conociendo esto, Pablo oró al Señor haciendo conocer su deseo de ser sanado. 1ª Corintios 12:7-8 dice: «Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mi» Luego de hacer su pedido por tres veces, Pablo supo que la voluntad del Señor no era sanarlo sino darle la gracia para poder soportarlo. 1ª Corintios 12:9 dice: «Y me ha dicho: Bástate mi gracia porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo» El Apóstol, entonces, dejó de pedir y en su lugar empezó a glorificar a Cristo, viendo que su poder le daba fuerza y disposición para soportar la enfermedad. El caso de Pablo y su aguijón debe ser tomado muy en cuenta por aquellos quienes demandan sanidad de parte de Dios. El nunca ha prometido sanar a todos los que están enfermos. Las personas que piensan así, ¿cómo explican esta experiencia de Pablo y muchas otras más que día a día acontecen a nuestro alrededor, cuando por más que se ora, el Señor se lleva a algunos fieles hermanos que han enfermado? Si Dios, hubiera prometido sanidad a todos los enfermos, con que uno solo se muera por enfermedad, ya sería suficiente para acusar a Dios de haber faltado a su promesa, y hay tantos hermanos fieles que han muerto a causa de una enfermedad grave. El Señor Jesús contó dos parábolas las cuales nos enseñan a persistir con diligencia en la oración. La primera se encuentra en Lucas 11:5-8. Se trata de un hombre quien tuvo un inesperado huésped en casa muy tarde a la noche. Debido a que éste no tenía suficiente comida, fue a casa de un amigo y golpeó la puerta. Inicialmente, el amigo se molestó por la interrupción tan entrada la noche, pero debido a los prolongados golpes decidió levantarse de la cama y dar a su amigo todo lo que necesitaba. La aplicación de esta parábola, no tiene nada que ver con que Dios responde a nuestras oraciones si le molestamos lo suficiente. Dios no es como algunas veces actuamos los que somos padres, que concedemos algo a nuestros hijos para que dejen de molestarnos. Lo que nos enseña la parábola es que si un hombre está dispuesto a ayudar a un amigo por su persistencia, cuanto más logrará la persistencia con nuestro Padre celestial. La otra parábola se encuentra en Lucas 18:1-8. Se trata de una viuda pobre, quien fue ante un juez malvado y pidió justicia en contra de un adversario. Inicialmente el juez no hacía nada pero por la persistencia de la viuda, el juez malvado concedió la petición. Ambas parábola enseñan que debemos perseverar en oración, que debemos pedir y continuar pidiendo, buscar y continuar buscando golpear y continuar golpeando. Alguien ha dicho alguna vez lo siguiente; Muchas de nuestras oraciones son como los niños que andan golpeando las puertas de las casas para luego correr antes que sus dueños las atoran. De modo que cuando se trata de algo que sabemos es la voluntad de Dios debemos orar sin desmayar. Cuando se trata de un deseo por el cual estamos orando, debemos ser persistentes en orar por ese deseo pero a la vez sensibles a la guía del Espíritu Santo. Sin embargo, existen momentos cuando es obvio que no debemos seguir orando por cierto asunto, cuando el Señor nos ha dado un no por respuesta y cuando el Espíritu Santo nos ha librado de cualquier sentido de necesidad acerca de continuar orando por un asunto especifico. Nuestro deseo es que todos nosotros aprendamos a ser persistentes en la oración y sabios para reconocer el momento que debemos dejar de orar por nuestros deseos.

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