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El Señor Jesucristo obedeció con una actitud correcta en su corazón

La Biblia Dice… les saluda cordialmente y les invita a su estudio bíblico del día de hoy. Obediencia es hacer lo que se nos pide hacer sin variación, sin demora y sin reclamo. Jesucristo es el máximo ejemplo de una obediencia así. Ya hemos visto que él obedeció sin ninguna variación en todo lo que el Padre le pidió hacer. Si Jesucristo hubiera obedecido con algo de variación, aunque sea en lo más mínimo, jamás habría podido ser un perfecto salvador. Jesucristo también obedeció a su Padre sin demora alguna. Mientras no llegaba aún el momento de su crucifixión, él decía todavía no ha llegado mi hora, pero cuando llegó su hora, Lucas nos relata en Lucas 9:51 que él afirmó su rostro para ir a Jerusalén. Cuando se cumplió el tiempo de entregar su vida en rescate por el pecado, Jesucristo, no tuvo otra cosa en mente sino ir a Jerusalén donde había de ser crucificado. Cumplió sin tardanza alguna lo que tenía que hacer para lograr que el hombre pueda ser salvo. Pero obediencia perfecta no es solo cuestión de hacer lo que se nos pide hacer sin variación y sin demora. Obediencia perfecta es hacer lo que se nos pide hacer, sin variación, sin demora y sin reclamo. Cuando digo sin reclamo, me estoy refiriendo a una actitud correcta del corazón para obedecer. Si no existe una actitud correcta en el corazón para obedecer, aunque cumplamos sin variación y sin demora lo que se nos pide, no habremos obedecido. La obediencia insincera es desobediencia abierta. Un hijo podría obedecer sin variación y sin demora a sus padres, pero si lo hace murmurando o reclamando o quejándose, en realidad está desobedeciendo a sus padres. Una obediencia insincera logrará que se hagan las cosas, pero fallará en garantizarnos recompensa por ello. En el Tribunal de Cristo, no solamente se evaluará si hemos obedecido o no, o si obedecimos a tiempo o no, también se evaluará la actitud que tuvimos para obedecer. Qué triste será perder recompensas porque tuvimos una mala actitud para obedecer a pesar que nos dimos el trabajo de obedecer sin variación y sin demora. 1ª Corintios 4:5 dice: «Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios» Sí, cuando venga el Señor, se conocerá a cabalidad que motivación real tuvimos en el corazón para hacer todo lo que hicimos en nuestra vida. El Señor Jesucristo es nuestro modelo de obediencia. En el estudio bíblico de hoy, veremos que él no solamente obedeció sin variación y sin demora, sino que también obedeció con una actitud correcta en su corazón.

Les invito a abrir sus Biblias en el Evangelio de Mateo, capítulo 26, versículos 36-42- La Biblia dice: «Entones llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro. Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo. Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como tú. Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. Otra vez fue, y oró por segunda vez diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad» Este relato de la agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní es muy ilustrativo de la actitud de Jesús para obedecer a su Padre. Según el versículo 38, Jesús dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte. En estos momentos de agonía para su alma, Jesús pudo haber mostrado su desacuerdo con su Padre. Ah, Señor, no sabes lo que me pides, pero de todas maneras lo haré, pero insisto en que es injusto lo que tengo que hacer. Nada de esto, el versículo 39 nos muestra la actitud que tenía Jesús para obedecer. Dice: «Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero sino como tú”. Esta es la correcta actitud de su corazón para obedecer. Padre, tu voluntad, no la mía. Jesús obedeció a su Padre, sin variación, sin demora y sin reclamo. Más adelante, Jesús nuevamente se comunica con su Padre por medio de la oración. En esta ocasión dice: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad. Nuevamente vemos a Jesús, sometiendo su voluntad a la voluntad de su Padre y haciéndolo sin reclamo, sin queja, sin murmuración. Simplemente diciendo: Hágase tu voluntad no la mía. Qué ejemplo de una buena actitud para obedecer. Eso es lo que también deberíamos manifestar nosotros. Muchas veces se nos pide hacer algo que no nos gusta, lo hacemos, para no ocasionar un desacuerdo con la autoridad que nos ha pedido hacerlo, o para mantener nuestro bien ganado prestigio o para no perder el empleo, pero dentro de nosotros existe un rechazo total a quien nos pidió obediencia. Esta actitud, echa a perder nuestra obediencia. Para Dios es igual que si hubiéramos desobedecido. Aprendamos de la obediencia de Jesucristo, quien ante la inminencia de su hora más obscura dijo: Tu voluntad sea hecha. El apóstol Pablo también nos habla de la obediencia perfecta del Señor Jesucristo. En Filipenses 2:6-8 dice: «El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, muerte de cruz. Esta es la actitud correcta para obedecer. Jesucristo se humilló a sí mismo y obedeció hasta la muerte. En él no hubo reclamos ni quejas, ni alboroto, simplemente se humilló y obedeció, esto es lo que Ud. y yo necesitamos imitar. Cuando obedecemos pero sin la actitud correcta en el corazón, es equivalente a revelarnos contra la persona que nos demanda obediencia. Es asumir una posición de superioridad que no tenemos. Ah, obedezco, pero yo sé más que tú, sé que estás equivocado, lo hago simplemente porque tengo que hacerlo. Tan contrario al ejemplo de Jesucristo, quien se humilló a sí mismo y fue obediente hasta la muerte. A los creyentes romanos, Pablo les dijo lo siguiente, según Romanos 5:19: «Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos» Fue la obediencia de Cristo a su Padre, aun al punto de sufrir una muerte cruel en la cruz, lo que permitió que él pague la culpa por nuestro pecado y nos redima de la cautividad del infierno. Su sacrificio en el Calvario fue perfecto, su obediencia fue perfecta. Obedeció sin variación, sin demora y sin reclamo. Si Jesucristo obedeció así al Padre, ¿no será justo que nosotros también obedezcamos a Dios sin variación, sin demora y sin reclamo? Si Ud. está luchando este preciso instante con su obediencia a Dios, si Ud. sabe lo que Dios le ha pedido hacer, pero muy dentro de Ud. como que hay algo que quiere dominarlo para que no obedezca a Dios, recuerde al Señor Jesucristo, quien obedeció sin variación, sin demora y sin reclamo. Si él no lo hubiera hecho, Ud. y yo no tendríamos un perfecto Salvador como lo tenemos. Decídase por tanto a obedecer a Dios. Él sabrá ciertamente honrar su obediencia. Si Ud. todavía no ha aceptado a Cristo, venga en obediencia a él hoy mismo. Confiéselo y acéptelo como su Salvador. Estoy seguro que jamás se arrepentirá de haber tomado esta decisión.

El Señor Jesucristo obedeció sin demora alguna

El precio de la desobediencia a Dios