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La mayordomía de la familia

Reciba cordiales saludos amiga, amigo oyente al iniciar una nueva entrega de este programa de estudio bíblico. Nuestro tema de estudio es la mayordomía cristiana. Ya hemos cubierto la mayordomía del dinero y los bienes materiales en general, la mayordomía del cuerpo y la mayordomía del tiempo. En esta ocasión vamos a tratar acerca de la mayordomía de la familia.

Antes de entrar al tema de la mayordomía de la familia, me gustaría repasar el concepto básico de mayordomía. Dijimos que mayordomía es la función que realiza un mayordomo. El mayordomo es uno que administra los bienes de otro buscando el mejor provecho para el dueño de esos bienes. Es decir, amable oyente, que los bienes que son administrados por el mayordomo, cualquiera que sean, no son de propiedad del mayordomo, sino de aquel para quien el mayordomo trabaja. Todo mayordomo es responsable ante el dueño de los bienes por la forma como ha administrado esos bienes. En un sentido muy real, todo creyente es un mayordomo de Dios, porque ha recibido ciertos bienes que son de propiedad de Dios para administrarlos. Esos bienes pueden ser el dinero y las posesiones materiales, el cuerpo en el cual moramos, el tiempo que Dios nos da para hacer su voluntad, la naturaleza que nos rodea y lo que vamos a tratar a partir de hoy, la familia. Con este preámbulo, vayamos directamente al asunto de mayordomía de la familia. Si usted es una persona casada, amable oyente, jamás piense que la familia que Dios le ha dado es suya y que usted puede hacer con ella lo que le venga en ganan. Con la ayuda de la palabra de Dios, permítame mostrarle que la familia es algo que pertenece a Dios y que nosotros, los que somos padres de familia, somos simplemente mayordomos. Vayamos por partes, primero la esposa. La mujer que es su compañera y madre de sus hijos, no es de su propiedad amigo oyente. Mire lo que dice Proverbios 18:22 El que halla esposa halla el bien,
Y alcanza la benevolencia de Jehová.
Claramente vemos en este texto que tener esposa es equivalente a hallar el bien, como encontrar un precioso tesoro, y ese bien procede de Jehová, de quien parte toda buena dádiva y todo don perfecto. Más directamente todavía, mire lo que dice Proverbios 19:14: La casa y las riquezas son herencia de los padres;
Mas de Jehová la mujer prudente.
Más claro no puede ser. La mujer prudente no aparece por arte de magia. La mujer prudente es de Jehová. Quizá usted dirá amigo oyente, pero mi esposa es gritona, celosa, mal genio, ociosa, chismosa y todo lo demás, ¿cómo puede ser que una mujer así sea de Jehová? Pues es, amigo oyente. El hecho que sea de Jehová no significa que va a ser una mujer perfecta. Simplemente es cuestión de pertenencia. Por eso, usted y yo, cuando nos referimos a nuestra esposa, a veces decimos, la esposa que Dios me ha dado, dando a entender que proviene de Dios. Esta es la causa para que la Biblia contenga cantidad de principios que tienen que ver con la manera como un hombre debe tratar a su esposa. La esposa no debe ser tratada como al esposo le parezca lo mejor. Por ser propiedad de Dios, la esposa debe ser tratada conforme a la voluntad de Dos y eso será lo que trataremos en detalle en nuestros programas futuros. Por tanto, amigo oyente, la próxima vez que de su boca salga la frase “mi esposa” piense que eso simplemente significa que Dios le ha dado a alguien a su lado para que usted la administre con el mejor provecho para el dueño de esa persona, es decir para Dios. Pensar así, nos debe llevar a cambiar una cantidad de actitudes que por mucho tiempo hemos tenido en cuanto a nuestra esposa. Sólo por citar un ejemplo. ¿Qué ha hecho usted hoy para hacer crecer en madurez espiritual a su esposa? ¿Ha orado por ella? ¿Ha orado con ella? ¿Le ha enseñado algo de la palabra de Dios? ¿Le ha animado con alguna promesa de la Biblia? Preguntas difíciles amigo oyente, pero muy necesarias, porque algún día, tanto usted como yo que somos casados nos presentaremos delante de Dios y Él nos preguntará: ¿Qué hiciste para que la esposa que yo de di, crezca espiritualmente? Quiera Dios que nuestras bocas no se queden calladas, porque habremos hecho mucho para presenta a nuestra esposa sin mancha ni arruga delante de Dios. Pensar en cosas como estas automáticamente nos debería hacer apreciar mucho más a nuestras esposas. Jamás deberíamos ni pensar en ofenderlas, herirlas, abusar de ellas, humillarlas, serles infieles. Queda claro entonces, que la esposa pertenece a Dios y nos ha sido encomendada entre comillas por un podo de tiempo, hasta que la muerte nos separe, para administrarlas de la mejor manera. El segundo elemento de una familia, después de la esposa, son los hijos. Sobre los hijos también existe la misma confusión que con las esposas, cuando los que tenemos hijos, pensamos que son de nuestra propiedad y que por tanto podemos hacer con ellos lo que se nos ocurra. Pero no hay tal, la Biblia claramente enseña que los hijos pertenecen a Dios y que nos han sido entregados para que como mayordomos los administremos de la mejor forma posible. El fundamento bíblico para todo esto, descansa sobre lo que leemos en Salmo 127:3-5, en el cual, hablando sobre los hijos dice lo siguiente: He aquí, herencia de Jehová son los hijos;
Cosa de estima el fruto del vientre.
Psa 127:4 Como saetas en mano del valiente,
Así son los hijos habidos en la juventud.
Psa 127:5 Bienaventurado el hombre que llenó su aljaba de ellos;
No será avergonzado
Cuando hablare con los enemigos en la puerta.
Los hijos, amable oyente, son herencia de Jehová. Varias cosas se desprenden de esta declaración. Lo más importante es que provienen de Jehová. Él es el originador y nos han sido dados a nosotros padres para que los administremos. Pero además, el hecho que son herencia, nos hace pensar en que son algo precioso. Yo nunca he recibido una herencia, pero los que han tenido el gozo de hacerlo me han dicho que es algo precioso. Imagínese, recibir de pronto una apreciable fortuna. Debe ser motivo de mucho gozo. Pues con los hijos es algo mucho más precioso, porque de quien los heredamos es de Dios. ¿Puede haber alguien, de quién provenga algo más precioso? Al pensar en los hijos como herencia de Jehová, me dan deseos de abrazarlos hasta triturarlos a los míos. Pocos son los eventos que me han traído más gozo que ver nacer a cada uno de mis hijos. Tan hermosos, tan tiernos, tan frágiles. Cuán razón tiene la Biblia cuando dice: Cosa de estima el fruto del vientre. Como mayordomos de los hijos, nuestra función como padres, es preparar a esos hijos para que san lo que Dios quiere que sean. El salmista compara a los hijos con las saetas en mano del valiente. Esta es una excelente comparación. Para que las saetas sean efectivas en mano del valiente, necesitan estar bien derecha y afiladas. Una saeta torcida y sin filo, no sirve de nada por más buena puntería que tenga quien la usa. Pero cuando la saeta está bien derecha y tiene una punta fila como alfiler, entonces sirve de mucho al valiente para clavarla en el blanco. Así es con los hijos. Nos han sido dados por Jehová para que los pongamos bien derechos y afilados. Esto se consigue por medio de la crianza adecuada. No es mucho el tiempo que tenemos para poner derechos y afilados a nuestros hijos. Apenas unos 18 años en el mejor de los casos, pero aun cuando sea muy poco este tiempo, como padres debemos esforzarnos para criar a esos hijos en el temor de Dios para que una vez crecidos, cual filas saetas causen daño al enemigo, es decir a Satanás, el mundo y la carne. El hombre que ha recibido hijos de parte de Jehová debe sentirse bienaventurado o super feliz, porque los hijos bien administrados serán su defensa en el momento del ataque del enemigo. Cuando contemplamos a los hijos bajo esta óptica, cambia nuestra actitud hacia ellos. Dejamos de pensar en son una carga. Dejamos de pensar en que nuestra vida sería más fácil si ellos no hubieran venido al mundo. Dejamos de mirarlos como intrusos que nos privan de hacer lo que queremos. Cosa de estima es el fruto del vientre, amable oyente. Resumiendo entonces, los creyentes somos mayordomos de Dios en la familia. Nuestra responsabilidad es procurar que la esposa y los hijos crezcan hacia lo que Dios espera de ellos. Vernos en esta dimensión debe motivarnos a buscar la dirección de Dios para cumplir con lo que Dios espera de nosotros. Y si usted amable oyente todavía no conoce a Dios en forma personal por medio de Jesucristo, su labor como mayordomo en su hogar será si no imposible, al menos difícil. Si ese es su caso, le invito a conocer personalmente al dueño de la esposa y los hijos, para saber lo que Él quiere para sus seres queridos. La única forma de conocerle en forma personal es por medio de recibir a Cristo como Salvador. No demore esta decisión. Hágalo hoy mismo, y si necesita orientación, no olvide que estamos para servirle.

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