in

Características de nuestro dar al Señor

Es un gusto saludarle amable oyente. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Estamos tratando el tema de la mayordomía cristiana. Hemos comenzado por la mayordomía del dinero y los bienes materiales. En cuanto a esto, nos hemos hecho la pregunta: ¿Cómo debemos dar al Señor? En nuestro último estudio bíblico dijimos que debemos darle con alegría y con generosidad. En el estudio bíblico de hoy, continuaremos examinado otras características de nuestro dar al Señor.

Honrar al Señor con los bienes y con las primicias de todos nuestros frutos es sin duda algo muy importante para el Señor. Sólo así se explica la cantidad de enseñanza que contiene la Biblia sobre este asunto. Hasta donde hemos avanzado ha quedado claro que dar al Señor es una muestra de la sinceridad de nuestro amor al Señor y a los amados del Señor. También, dar al Señor es una muestra de que tenemos en orden nuestras prioridades. En otras palabras, que el dinero y los bienes materiales en general no son lo más importante en nuestra vida. Además dijimos que debemos dar al Señor con alegría y con generosidad. En esta ocasión, vamos a ver que debemos dar al Señor periódicamente y planificadamente. 1 Corintios 16:2 dice: Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado, guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas.
Como antecedente debemos indicar que la iglesia de Corinto reconoció la necesidad por la cual estaban atravesando los creyentes de Judea y como iglesia decidieron levantar fondos para socorrer al necesitado. Pablo, el apóstol, está dando instrucciones sobre como realizar este trabajo de levantar estos fondos. Con esto en mente dice en la primera parte del versículo leído: Cada primer día de la semana, cada uno de vosotros ponga aparte algo. La idea amable oyente es que dar al Señor no debería ser algo esporádico, sino algo periódico y muy bien planificado. El dar al Señor debe hacerse cada Domingo. El Domingo es el día que el Señor ha señalado para hacer las cuentas de los ingresos económicos y determinar la cantidad a dar, conforme se haya prosperado. Este fondo debe ser puesto aparte para no tocarlo sino el momento que se lo deposite en el fondo de ofrendas en la iglesia. Las Escrituras no hablan mucho de lo que el creyente debe hacer en los días Domingo, excepto que debe reunirse con otros creyentes en adoración al Señor y poner aparte su ofrenda para depositarla en el fondo de ofrendas en la iglesia. Aunque no debemos convertirnos en ritualistas en esto de dar al Señor cada primer día de la semana, tampoco debemos tratar este asunto con ligereza. Se trata de un mandamiento del Señor al cual debemos prestar toda la atención posible. Además, el primer día de la semana ofrece una mejor ocasión para que, apartados de las distracciones y deberes de la semana, reflexionemos más clara y cuidadosamente sobre este asunto importante. Así que, amigo oyente, el dar al Señor no es cuestión de meter la mano al bolsillo el momento que se va recoger la ofrenda y depositar lo que salga en el fondo de ofrenda. Desgraciadamente siempre sale el billete o la moneda de menor valor. Los billetes o monedas de mayor valor tienen una extraña habilidad para escabullirse en la billetera o en el bolsillo. Cuesta mucho localizarlos, tomarlos y sacarlos para entregarlos en la ofrenda. El dar al Señor debe ser algo planificado con anterioridad cada primer día de la semana, de modo que en el bolsillo designado se ponga solamente lo que hemos acordado dar al Señor. De esta manera no será necesario mirar de reojo a la billetera para pescar algún billete, y peor aun pedir cambio a la persona que está recogiendo la ofrenda. Esto no es sino falta de planificación oportuna para este importante acto de adoración al Señor. Permítame también recalcar sobre el hecho de poner aparte algo, lo cual leímos hace poco. Esto significa un acto consciente por el cual delante del Señor decimos: Dios, tú me has prosperado de esta manera, aquí está lo que es tuyo. Lo pongo aparte y no lo voy a volver a tocar hasta que sea el momento para depositarlo en el plato o la bolsa donde se recoge la ofrenda. Esto evitará el error tan frecuente de pedir un préstamo, entre comillas, al Señor para satisfacer alguna necesidad urgente. El dinero que es del Señor y que ha sido puesto aparte, es sagrado, amable oyente. Pertenece al Señor. No podemos gastarlo en satisfacer nuestras necesidades por más urgentes que sean. Cuidado con ser hallados robando algo que pertenece al Señor. Además de dar al Señor periódicamente y planificadamente, debemos dar al Señor proporcionadamente. Esto tiene que ver con la cantidad que vamos a dar al Señor. En 1 Corintios 16:2 leímos que cada primer día de la semana cada uno de nosotros tenemos que poner aparte algo, según hayamos prosperado. El autor Charles Ryrie explica este asunto de esta manera, y lo cito textualmente. Dice así: NO se halla regla fija y firme sobre la cantidad en los principios del Nuevo Testamento sobre el dar. Eso constituye un claro contraste con las normas del Antiguo Testamento que requería dar el diezmo de todo a los levitas, según se ve en Levítico 27:30-33, quienes a su vez, entregaban el diezmo de lo que recibían a los sacerdotes. Además, los judíos entendían que un segundo diezmo, que era la décima parte de las nueve restantes, tenía que ponerse aparte y consumirse en una comida sagrada en Jerusalén según Deuteronomio 14:22-26. Mas aún, cada tercer año, debía entregarse otro diezmo para los levitas, extranjeros huérfanos y viudas, según Deuteronomio 14:27-29. De este modo, la proporción quedaba claramente establecida y cada israelita estaba obligado a entregar al Señor aproximadamente el 22% de sus ingresos anuales. En contraste con esto, el Nuevo Testamento dice simplemente “según haya prosperado” Esto puede significa un 8 o 12 o 20 o 50 o 100 por ciento, cualquier porcentaje según el caso individual. Puede también significar una proporción variable de año a año, porque no hay razón para creer que la proporción conveniente de un año haya de ser la misma para el año próximo. Cuando llega la prosperidad, como sucede a muchos creyentes, debe emplearse para dar más y no necesariamente para comprar más cosas. Cada vez que el creyente da, ha de reflexionar sobre la bendición del Señor en su vida y determinar la proporción que, a su vez, debe devolver al Señor. La variación de la proporción significa justamente eso, no un mero aumento o disminución de la cantidad que se da, sino un cambio en la proporción de lo que uno ha recibido. Hasta aquí la cita de este autor. Yo simplemente añado esto, amable oyente: Si en el Antiguo Testamento, cada israelita estaba obligado, entiéndase bien, obligado, a entregar al Señor un mínimo del 22 % según lo que ha dicho este autor, ¿podemos nosotros conformarnos con dar solamente un 10% y pensar que con eso ya hemos hecho más que suficiente? La respuesta la tiene usted, amable oyente y tengo también la mía. La historia de la iglesia tanto en el lejano pasado como en lo no tan lejano, registra numerosos casos de este principio. Permítame compartir algo que ocurrió no hace mucho tiempo. A la edad de 16 años, un joven llamado William salió de su casa en busca de fortuna. Todas sus posesiones cabían en un atado que lo llevaba a la mano. En su caminar hacia la gran metrópoli de New York se encontró con un viejo capitán de marina. William le contó que su padre era muy pobre para seguir manteniéndole en casa y que por eso se había visto forzado a salir y que lo único que sabía hacer era jabón y velas. Al oír esto, el viejo marinero se arrodilló allí mismo y clamó al Señor por la vida de este joven. Luego le dio este consejo: Alguien muy pronto llegará a ser el líder la fabricación de jabón en New York. Podrías ser tú o podría ser algún otro. Sé un buen hombre, rinde tu corazón al Señor, devuelve al Señor todo lo que a él le pertenece, fabrica el mejor jabón que puedas, véndelo a un precio justo y con el peso justo y estoy seguro que serás un hombre rico y próspero. Ya en New York, el joven recordaba las palabras del viejo marinero y aunque no tenía nada y estaba solo, buscó una iglesia para congregarse. Del primer dólar que ganó dio el 10% al Señor. Consiguió empleo en una fábrica de jabón. Pronto se volvió socio de la fábrica. Más tarde llegó a ser el único dueño de la industria. Fabricaba buen jabón, lo vendía al precio justo y el peso justo y dio instrucciones precisas a su contador para que abra una cuenta bancaria y deposite en ella la 10% de todas sus ganancias para el Señor. El negocio prosperó increíblemente y ya no apartaba para el Señor el 10% sino el 20%, luego el 30% y así sucesivamente hasta que finalmente se encontró dando al Señor todas sus ganancias. Esta es la historia de William Colgate, quien ha dado millones de dólares para la obra del Señor. Esto es dar proporcionadamente según se haya prosperado, amigo oyente.

Honrar al Señor con el dinero y los bienes materiales

El dar al Señor es algo privado entre Dios y el dador