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Sermón del Monte

Saludos amable oyente. Soy David Araya dándole la bienvenida al estudio bíblico de hoy. En instantes más nos acompañará David Logacho, para guiarnos en el estudio de la primera parte del Sermón del Monte. Este estudio bíblico es parte de la serie que lleva por título: Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores, basado en el evangelio según Mateo.

Gracias David, y gracias a usted, amable oyente, por su gentil sintonía. Prosiguiendo con el estudio del Evangelio según Mateo, llegamos a uno de los discursos más extensos y más hermosos del Señor Jesucristo. Me refiero al Sermón del Monte. Vistas las cosas ligeramente, parecería como si el Sermón del Monte hubiera ocurrido justamente después de lo que Mateo relata en la última parte del capítulo cuatro, pero al examinar la armonía de los Evangelios, se encuentra que ocurrieron algunos eventos importantes antes que Jesús pronunciara el Sermón del Monte, tales como la enseñanza en la sinagoga de Capernaum, autenticada por la liberación de un endemoniado, como la sanidad de la suegra de Pedro y de algunos otros, como el segundo llamado a Pedro, Andrés, Jacobo y Juan, como la curación de un leproso y la consiguiente publicidad, como el perdonar y sanar a un paralítico, como el llamamiento de Mateo y el banquete en su casa, como las ilustraciones relacionadas con la presencia física del Mesías, como la curación del paralítico, junto al estanque de Betesda, en un día de reposo, como la intención de matar a Jesús por violar el día de reposo y hacerse igual a Dios, como el discurso de Jesús demostrando la igualdad del Hijo y el Padre, como la controversia a raíz de que los discípulos de Jesús arrancaron y comieron espigas en un día de reposo, como la curación del hombre que tenía la mano seca en un día de reposo, como el llamamiento de los doce apóstoles. Después de todas estas cosas, Jesús se retiró al mar de Galilea y había una gran multitud que le seguía. Esto nos deja en posición ideal para mirar lo que tenemos en Mateo 5:1-3. Lo primero que encontramos es la introducción al Sermón del Monte y luego la primera parte del Sermón del Monte. Veamos lo primero.

I.Mateo 5:1-2 dice: Mat 5:1 Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos.
Mat 5:2 Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo:
Jesús siempre mostró interés por la gente. Después de todo, Jesús vino a morir por la gente. En este punto del ministerio público de Jesús, su popularidad estaba en franco ascenso. Había una multitud que le seguía. La mayoría de sus seguidores lo hacían por mera curiosidad, pero ciertamente había algunos, tal vez pocos, que sinceramente querían aprender de Jesús. Al mirar la multitud, Jesús subió a un monte y se sentó. Por eso es que al discurso que Jesús está por dar se le conoce como el Sermón del Monte. Ascender al monte permitía a Jesús ser visto por todos. Sentarse era la postura que adoptaban los rabinos judíos de su época para enseñar. Al mirar a Jesús en el monte y sentado, los que le seguían sabían que estaba por enseñar y se acercaron a oír su enseñanza. Jesús entonces abriendo su boca les enseñaba. ¿Qué es lo que enseñaba? Pues el Sermón del Monte. Antes de entrar a examinar el Sermón del Monte, es necesario reconocer que el Sermón del Monte es una notable exposición de la ley y una bofetada al legalismo farisaico. El Sermón del Monte finaliza con un llamado a una fe y salvación genuina. Jesús expuso el verdadero significado de la ley, mostrando que es imposible que el hombre cumpla con sus demandas. Este es el uso adecuado de la ley con respecto a la salvación, porque cierra cualquier camino hacia el mérito humano y deja al pecador a merced de la sola gracia de Dios para la salvación. Jesús mostró la esencia misma de la ley, haciendo ver que sus verdaderas demandas iban mucho más lejos del significado superficial de las palabras y estableciendo normas tan elevadas que ni siquiera el más profundo conocedor de la ley pudo haberlas imaginado. Dicho esto, miremos la primera parte del Sermón del Monte.

II. Jesús abrió el Sermón del Monte con lo que se conoce como las Bienaventuanzas. Esta palabra se deriva del adjetivo “bienaventurado” que significa “dichoso” o “extremadamente feliz” y que aparece al inicio de todas las bienaventuranzas. Las bienaventuranzas describen la condición interna de un seguidor de Cristo y le prometen bendiciones en el futuro. Examinemos por tanto las tres primeras bienaventuranzas.

A. La primera se encuentra en Mat 5:3 La Biblia dice: Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Ya mencioné que bienaventurado significa dichoso o extremadamente feliz. Pero no se trata de una mera emoción superficial. Jesús está en realidad hablando de un bienestar que solamente Dios puede dar y que pertenece única y exclusivamente a los que pertenecemos a él. El hombre busca afanosamente ser bienaventurado o dichoso, a su manera. Piensa que lo logrará por medio de acumular riqueza o de obtener placer a raudales o de incursionar en las diversiones más osadas y tantas otras cosas más, pero siempre llega a un punto donde se da cuenta que todas estas cosas no ofrecen sino una felicidad efímera y al elevado precio de una vida de dolor y tormento. La única manera de ser bienaventurado o supremamente feliz es sometiéndose a los principios de Dios. La primera bienaventuranza tiene en mente a los pobres en espíritu. Esto no tiene nada que ver con pobreza material. Un pobre en espíritu es aquel que tiene conciencia propia de lo hundido que está en su pecado y de lo imposible que es que en su propia fuerza pueda lograr ser salvo, es lo opuesto de la auto-suficiencia, de la terca manera de pensar que el pecador puede merecer la salvación por medio de sus buenas obras. Al mirar su condición espiritual, el pobre en espíritu entenderá que la única manera de lograr ser salvo es mediante la intervención de Dios en una obra de gracia a su favor. Un perfecto cuadro de un hombre pobre en espíritu es aquel publicano de quien habló Jesús en Lucas 18:13 quien al ver su triste condición espiritual no quería ni aun alzar sus ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Pues Dios tiene algo especial para los pobres en espíritu. Dice el texto: Porque de los tales es el reino de los cielos. El reino de los cielos es una referencia a la esfera de gobierno en la cual Dios es el soberano gobernante. De entrada en el Sermón del Monte se hace evidente que formar parte del reino de los cielos no resulta del esfuerzo propio del hombre sino de la obra de gracia que Dios hace en el hombre. ¿Y como esta usted, amable oyente, en cuanto a esto de ser pobre en espíritu? ¿Está consciente que su estado de bancarrota espiritual le ha llevado a una separación espiritual de Dios? ¿Está consciente que por usted mismo es imposible que se levante de ese estado de bancarrota espiritual? Quiera Dios que sí, porque es la condición básica para que con los ojos de su fe mire a Jesús muriendo en lugar de usted en la cruz del calvario y eso le conduzca a recibir a Jesús como su único y personal Salvador.
B. La segunda bienaventuranza se encuentra en Mateo 5:4 donde dice: Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.
Los que lloran describe, no a aquellos que sufren por alguna circunstancia difícil de la vida, sino a aquellos que derraman lágrimas de dolor ante su terrible condición espiritual delante de Dios a causa de su pecado y en general a causa del pecado en el mundo. Los que lloran son aquellos que se identifican con Jesús en su dolor por el pecado. ¿Ha derramado lágrimas de dolor delante de Dios por su pecado, amable oyente? No olvide que fue su pecado lo que llevó a Jesús a padecer ese sufrimiento atroz en la cruz del calvario. La promesa de Dios a los que lamentan profundamente por su pecado es que ellos recibirán consolación. Parte de las delicias de estar en el cielo es lo que dice Apocalipsis 21:4 “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” El único sufrimiento que los creyentes tenemos que padecer es durante esta vida, mientras que para los incrédulos, el sufrimiento en esta vida es sólo el preámbulo del sufrimiento eterno. ¿Quiere ser eternamente consolado? Entonces es necesario que reciba a Cristo como su personal Salvador.
C. La tercera bienaventuranza se encuentra en Mateo 5:5. Dice así: Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.
Esta vez, los bienaventurados o dichosos, son los mansos. El adjetivo “manso” es la traducción del adjetivo griego “praus” que es aquella serenidad de espíritu pacífica y humilde, en virtud de la cual el hombre no se deja arrebatar fácilmente de la cólera con motivo de las faltas o el enojo de los demás. Dios mora con un espíritu de ese linaje y le concede bendiciones especiales. La mansedumbre es una gracia cristiana, adquirida aun por muchos espíritus naturalmente fogosos, como Moisés y Pablo, y debe adquirirse por todos los que quieran ser como Cristo. Es un fruto del Espíritu, del amor y de la bondad divina.
La promesa de Dios para los mansos es que ellos recibirán la tierra por heredad. Por ahora, los mansos son despreciados y objeto de abuso en este mundo, pero no siempre será así, porque algún día, tal vez más pronto de lo que pensamos, los mansos heredarán la tierra, cuando Jesús el Rey de reyes y Señor de señores reine en lo que se conoce como el Milenio. Mi oración es que esta cualidad esté presente en usted por cuanto usted pertenece a Jesús al haberle recibido como su Salvador.

Características del ministerio de Jesús en Galilea

Nueve bienaventuranzas