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La sal y la luz

Saludos cordiales amable oyente. Soy David Araya dándole la bienvenida al estudio bíblico de hoy con David Logacho. Luego de proclamar las Bienaventuranzas en el Sermón del Monte, Jesús hace una aplicación directa por medio de dos hermosas metáforas, la sal y la luz. Sobre esto trata el estudio bíblico de hoy, en la serie que lleva por título: Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores.

Gracias por su gentil sintonía, amiga, amigo oyente. Me da mucho gozo compartir este tiempo con usted. Prosiguiendo con el estudio del Evangelio según Mateo, hoy nos encontramos con una técnica de enseñanza muy típica del Señor Jesucristo. Me refiero al uso de las metáforas. Una metáfora es una figura retórica que tiene por base alguna semejanza entre dos objetos o hechos, caracterizándose el uno con lo que es propio del otro. Uno de los objetos de la metáfora debe ser muy conocido para el oyente, porque por comparación, de lo conocido de uno de los objetos de la metáfora, se aprende lo desconocido del otro objeto de la metáfora. La primera metáfora aparece en Mateo 5:13 donde dice: Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres. Jesús está hablando a los creyentes, a los bienaventurados, a aquellos de quienes habló en la primera parte del Sermón del Monte. Jesús les dice: Vosotros sois la sal de la tierra. Allí está la metáfora. El elemento conocido para los que estaban oyendo a Jesús es la sal. La sal en el pasado, al igual que en la actualidad, es un ingrediente indispensable para el ser humano. Sólo imagine lo que sería la vida sin sal. En los tiempos del Nuevo Testamento, la sal tenía varios usos. Se usaba para condimentar los alimentos. Se usaba para preservar los alimentos, se usaba como medicina, por sus propiedades antisépticas y anti inflamatorias, se usaba también como símbolo de fidelidad y amistad, de ahí la costumbre de compartir sal como muestra de hospitalidad en la cultura oriental. Pues todo esto halla su aplicación en los creyentes. Los creyentes debemos ser los que ponemos el sabor, por decirlo así, en este mundo tan desabrido por el pecado. Los creyentes debemos ser los que vamos en contra de la corriente de este mundo, contrarrestando la corrupción en la que se encuentra sumido este mundo. Los creyentes debemos ser los que propiciamos alivio y consuelo a la gente que sufre en este mundo a causa del pecado. Los creyentes debemos fomentar la armonía y la paz en este mundo. Si usted amable oyente, es creyente, ¿está siendo la sal de la tierra? Hace algunos años, cuando trabajaba en el programa espacial de los Estados Unidos, asistí a un curso de capacitación en una estación de rastreo de naves espaciales que quedaba en el desierto de Mojave en los Estados Unidos. Algo que me sorprendió fue encontrar pastillas de sal en las cajas donde se guarda los elementos para realizar los primeros auxilios. Cuando pregunté la razón para la presencia de las pastillas de sal, me explicaron que la gente en el desierto es propensa a sufrir problemas de deshidratación y para evitarlo, se aconseja que se tome pastillas de sal, de modo que la persona sienta sed y al ingerir agua se evite el problema de la deshidratación. Esto me hizo pensar en mí mismo como creyente, siendo la sal de la tierra, mi conducta, o mi testimonio debe ser tal que la gente que no conoce personalmente a Cristo sienta una profunda sed por conocer a Cristo personalmente. ¿Sabe una cosa amable oyente? Su testimonio como creyente hará que la gente incrédula se acerque o se aleje de Cristo. ¿Ha pensado en eso? Jamás olvide que su vida debe producir sed de Cristo en los incrédulos. Otra experiencia personal es lo que de vez en cuando sucede en mi casa, y tal vez en la suya también. ¿Le ha pasado que sentado a la mesa, necesita algo de sal en alguna comida, extiende su mano para tomar el salero, y cuando trata de poner sal en la comida, no sale nada? No es que no haya sal en el salero, pero tal vez por la humedad se obstruyen los orificios por donde debe salir la sal. ¿Verdad que es frustrante? Eso también me hace pensar en mí como creyente, para ser útil en este mundo, como la sal de la tierra, debo salir del salero. El mundo jamás recibirá beneficio de un creyente que pasa aislado en un templo o en su casa y jamás habla a otros de Cristo, jamás se deja ver como creyente. No olvide amiga, amigo oyente, que usted es la sal de la tierra y para que la sal sirva, necesita salir del salero. Hoy mismo salga del salero y muestre al mundo a Cristo en su vida. Cuando la sal se desvanece ya no se puede hacer nada para que recobre sus propiedades. Jesús dijo: Pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres. Quiera Dios, amable oyente, que usted no sea un creyente insípido, sino que su vida y testimonio muestre a otros, lo que Cristo hace en la vida de un creyente y de ese modo que usted en la práctica sea la sal de la tierra. Dicho esto, le invito a considerar la segunda metáfora. Se encuentra en Mateo 5:14-16 donde dice: Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que están los cielos. Los creyentes somos la luz del mundo. Esa es la metáfora. Ahora no nos confundamos. En varios pasajes del Nuevo Testamento, Jesús afirmó que Él es la luz del mundo. En esto no hay contradicción. Jesús es la fuente de la luz para este mundo, pero cada creyente debe reflejar esa luz, así como la luna no tiene luz en sí misma sino que refleja la luz del sol. La luz también es indispensable no solo para el hombre sino para la naturaleza en general. Sin luz no existiría vegetación, por ejemplo. La luz alumbra, la luz guía, la luz es fuente de vida. Igual debe ser con el creyente en este mundo. Su conducta o su testimonio debe ser de tal naturaleza que pone en evidencia la maldad de este mundo. Donde hay obscuridad no se sabe si algo está sucio o limpio. Pero cuando aparece la luz, se nota la diferencia entre lo sucio y lo limpio. Eso debe producir un creyente en este mundo. Su vida debe hacer notar la diferencia entre los sucio y lo limpio moralmente y espiritualmente. La vida del creyente debería ser como una gran señal luminosa que apunta a Cristo Jesús. Así como un faro guía a una embarcación en alta mar a la seguridad de un puerto, la vida de un creyente debe guiar a los incrédulos a la seguridad eterna en Cristo Jesús. Así como la luz sostiene la vida, el creyente también debe manifestar al mundo que Cristo Jesús es fuente de vida eterna. ¿Se ha puesto a pensar amable oyente que lo único que el mundo puede ver de Cristo es lo que usted manifiesta de él mediante su testimonio? Es necesario entonces que su vida irradie la luz que lleva dentro. Esto es justamente lo que Jesús recomienda cuando dice: Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. En épocas pasadas, los viajeros que por alguna razón se aventuraban a viajar por la noche, dependían de las luces de las ciudades asentadas sobre los montes para su orientación. Así debe ser la vida de los creyentes. Su testimonio debe ser como un punto de referencia que orienta a los incrédulos hacia la seguridad que Cristo ofrece al pecador. Esconder la luz sería tan absurdo como alguien que enciende una luz y la pone debajo de un almud. El almud era una medida de áridos que tenía alrededor de 9 litros de capacidad. Algo como un pequeño barril. Jesús está diciendo que esconder la luz sería tan absurdo como encender un candelero y luego cubrirlo con un barril. La luz no podría irradiarse. Lo sensato es poner la luz en un candelero, de manera que alumbre a todos los que están en la casa. Jesús aplica esta ilustración diciendo: Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. ¡Qué interesante! Lo que impresiona los ojos de los incrédulos son las buenas obras de los creyentes. ¿Está haciendo buenas obras, amable oyente? Si no está haciendo, entonces su vida no está irradiando ninguna luz y su vida ha llegado a ser como una luz debajo de un almud. Quiera Dios que su vida manifieste buenas obras para que la gente que le rodea vea que en usted hay luz. Las buenas obras del creyente será el motivo para que la gente que mira glorifique a Dios Padre que está en los cielos. Esto es maravilloso. Lo que nosotros hacemos como creyentes tiene el potencial de que la gente glorifique a Dios o que la gente difame a Dios. En esencia podemos notar que los creyentes no podemos adoptar una posición neutral y encerrarnos en nosotros mismos. Todo lo contrario. Los creyentes debemos ser militantes activos. Debemos ser la sal de la tierra y la luz del mundo. Mi oración amable oyente, es que tanto usted como yo, asumamos con entereza nuestro papel en este mundo. Es hermoso saber que somos salvos y que tenemos vida eterna, pero Dios no nos salvó sólo con ese propósito, sino también con el propósito de que mientras estemos en este mundo seamos la sal de la tierra y la luz del mundo.

Tres últimas bienaventuranzas

Espíritu de la ley