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Sentirnos hastiados de servir al Señor

Es un gozo compartir este tiempo junto a Usted, amiga, amigo oyente. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy con David Logacho. Estamos estudiando el libro de Malaquías en la serie que lleva por título: Malaquías, un llamado a vivir piadosamente en medio de un mundo de impiedad. Hoy nos corresponde tratar el tema de sentirnos hastiados de servir al Señor.

Si tiene una Biblia a la mano, ábrala en el libro de Malaquías.

Este profeta recibió la responsabilidad de comunicar el mensaje de Dios a un pueblo que estaba en bancarrota espiritual, desde el más encumbrado sacerdote hasta el más insignificante ciudadano.

Por lo pronto, Dios confrontó el error de los sacerdotes, el cual entre otras cosas, consistía en ofrecer a Jehová sacrificio de animales ciegos, cojos y enfermos. Algo claramente prohibido por la ley de Moisés.

Además, el servicio de los sacerdotes en el templo se había convertido en un lucrativo negocio, del cual los sacerdotes estaban sacando jugosas ganancias. En el templo no se hacía nada de balde. Todo tenía su precio y el dinero recaudado no iba a las arcas del templo sino a las arcas de los sacerdotes que oficiaban el rito.

Bueno, algo semejante ocurre también en nuestro tiempo en círculos mal llamados cristianos. A Dios se le ofrece lo que sobra del tiempo, de la vida y de los bienes. La mejor parte es para el hombre. Existen los entre comillas “siervos de Dios” cuya meta principal es llenarse los bolsillos de dinero ajeno bajo el pretexto de estar sirviendo a Dios.

Pero los sacerdotes tenían otra falta que debía ser reprochada por Dios mediante el profeta Malaquías. En el pasaje bíblico que tenemos para nuestro estudio de hoy, veremos otro problema que estaba afectando grandemente a los sacerdotes y del cual podemos sacar lecciones importantes para nuestra vida de comunión con el Señor.

El pasaje bíblico se encuentra en Malaquías 1:13 y 14 donde dice: “Habéis además dicho: ¡Oh, qué fastidio es esto! Y me despreciáis, dice Jehová de los ejércitos; y trajisteis lo hurtado, o cojo o enfermo, y presentasteis ofrenda. ¿Aceptaré yo eso de vuestra mano? Dice Jehová. Maldito el que engaña, el que teniendo machos en su rebaño, promete, y sacrifica a Jehová lo dañado. Porque yo soy Gran Rey, dice Jehová de los ejércitos, y mi nombre es temible entre las naciones.”

Este era el problema que estaba carcomiendo la fibra espiritual de los sacerdotes. Seguramente todo se originó cuando comenzaron a hacer las cosas mecánicamente, por costumbre, tal vez por guardar las apariencias y por no dar lugar a que nadie hable mal de ellos.

Pero en el fondo, estaban cansados de cumplir con lo que Dios había ordenado. Por eso es que Dios dice por medio de Malaquías, que los sacerdotes estaban diciendo ¡Oh, qué fastidio es esto! Por supuesto que los sacerdotes no estaban diciendo esto en voz alta a la gente. No olvide que querían guardar las apariencias. Querían que la gente piense que estaban consagrados al servicio al Señor. El cansancio o el fastidio que significaba para ellos el servir al Señor, era algo interno, algo íntimo, algo que solo ellos lo pensaban.

Pero nada puede esconderse de Dios. Dios sabe hasta el más mínimo pensamiento que hay en nuestra mente. Dios no necesita que alguien se lo diga para saber lo que alguien está pensando. Dios estaba plenamente consciente que los sacerdotes estaban cansados o hastiados de servirle.

Esta actitud en los sacerdotes hizo que se vuelvan negligentes en el servicio al Señor. La negligencia de parte de los sacerdotes fue interpretada por Dios como un desprecio. Despreciar significa desestimar, tener en poco, tener en menos, desairar, desdeñar.

Qué lamentable que los sacerdotes hayan despreciado así al Dios majestuoso. Esa actitud de cansancio y de fastidio en el servicio al Señor, les condujo a desobedecer la palabra de Dios y presentar ofrendas inapropiadas a Dios. Los sacerdotes tenían sus rediles de donde tomaban los animales para ofrecer los sacrificios. Quien quería ofrecer un sacrificio, pagaba el precio acordado al sacerdote y el sacerdote tomaba el animal del redil y lo conducía al altar.

El problema era que los animales que había en el redil no cumplían con las características que Dios había establecido por medio de Moisés. Los animales tenían que ser machos sin defecto. Pero los sacerdotes mantenían en el redil, hembras, y animales ciegos, o cojos o enfermos.

Hablando de la responsabilidad de los sacerdotes de examinar cuidadosamente lo que se podía ofrecer a Dios en sacrificio, Levítico 22:19-20 dice: “para que sea aceptado, ofreceréis macho sin defecto de entre el ganado vacuno, de entre los corderos, o de entre las cabras. Ninguna cosa en que haya defecto ofreceréis, porque no será acepto por vosotros.”

Pero los sacerdotes, cansados de obedecer a Dios y hastiados de cumplir con lo que Dios había ordenado, tomaban el dinero con el que se podría comprar un animal macho sin defecto y lo que sacrificaban era una hembra o un macho ciego, o un macho cojo, o un macho enfermo. De esa manera estaban despreciando a Dios. Note que los sacerdotes pensaban que nadie les veía lo mal que estaban haciendo. Aunque alguien pueda esconder algo del ojo humano, no puede jamás esconderlo del ojo divino. Dios estaba al tanto de todo lo que hacían los sacerdotes.

Por eso es que Dios pregunta a los sacerdotes: ¿Aceptaré yo eso de vuestra mano? La respuesta es un: No, rotundo. Dios no se complace de sacrificios baratos, de sacrificios defectuosos, de sacrificios contaminados.

En lugar de manifestar agrado hacia ese tipo de sacrificios, Dios pronuncia un juicio de maldición a estos sacerdotes corruptos. Dice: Maldito el que engaña, el que teniendo machos en su rebaño, promete, y sacrifica a Jehová lo dañado. Maldito significa básicamente: Dedicado a destrucción. Pues eso es a lo que se expone el sacerdote que comienza a hastiarse de servir al Señor y termina desobedeciendo a Dios en el ejercicio de su deber.

Los sacerdotes de la época de Malaquías tenían en su rebaño animales machos sin defecto, adecuados para ser sacrificados a Dios, pero en lugar de tomar estos animales, tomaron para los sacrificios hembras, o animales robados, o animales ciegos, o animales cojos, o animales enfermos. Quizá pensaron que Dios no lo va a tomar en cuenta, o tal vez pensaron que a Dios no le importa, pero Dios estaba muy pendiente de esto.

No es cuestión de solamente cumplir con el rito, es cuestión de hacerlo de corazón, y de hacerlo en total obediencia a lo que Dios ha ordenado. Sacrificar a Dios animales no aptos para el sacrificio es incongruente con la majestuosidad de Dios. Por eso es que Dios mismo, a través del profeta Malaquías, dice: Porque yo soy Gran Rey, dice Jehová de los ejércitos, y mi nombre es temible entre las naciones. Aún los reyes de la tierra son dignos de honor, cuanto más el Gran Rey, quien es Señor no sólo en la tierra sino en el universo en su totalidad, porque él lo creó y lo mantiene. Llegará un momento, todavía futuro cuando, en todo el mundo y por parte de todas las naciones, el nombre del Gran Rey será adorado para siempre. Las naciones manifestarán un temor reverencial hacia la persona de Dios.

Hasta aquí lo que estaba sucediendo con los sacerdotes de la época de Malaquías. Pero volemos en las alas de la imaginación, desde ese momento, unos 400 años antes de Cristo, hasta nuestra época, más de 2400 años después. Lo que vemos es un cuadro bastante parecido.

El cristianismo en general está atravesando por una profunda crisis espiritual. Los creyentes están hastiados o fastidiados de cumplir con los deberes como creyentes. Los creyentes están hastiados de leer la Biblia. En muchos hogares, la Biblia está sólo para acumular polvo sobre su pasta durante toda la semana, hasta el domingo cuando se le lleva a pasear en el templo, porque nadie la abre entre semana para recibir el mensaje de Dios.

En muchos hogares la oración es poco menos que un repetir mecánico de las mismas palabras antes de comer o antes de acostarse. La mayoría de la gente invierte más tiempo mirando la televisión que leyendo la Biblia y orando al Señor. Ni se hable de asistir a los cultos en la iglesia local. Los cultos entre semana son los menos concurridos, entre ellos el culto de oración, el cual debería ser el más concurrido.

La mayoría de los creyentes logra acumular suficiente energía para asistir los domingos, pero lo hace con esa actitud enfermiza de estar cumpliendo con un deber. Constantemente están mirando el reloj para ver cuando falta para se acabe el culto. Si por desgracia el predicador alarga su mensaje, allí están como sentados sobre agujas, realmente fastidiados porque el culto no termina a la hora fijada.

Como los sacerdotes de la época de Malaquías, ellos también dirían: ¡Oh, qué fastidio es esto! Con esta actitud, no es extraño que manifiesten desobediencia a Dios, lo cual en su tiempo degenerará en cosas peores.

Pero más grave aún, pretendiendo que todo está bien, muestran una fachada de total y absoluta espiritualidad. A creyentes así, Dios exhorta con firmeza, porque Dios no acepta un servicio desprovisto de sinceridad.

Si ese es su caso, amable oyente, hoy es el momento más oportuno para reconocer el pecado de estar hastiado de servir al Señor y una vez reconocido, confesarlo al Señor, suplicando su perdón y el poder necesario para revitalizar la comunión con él, de modo que todo lo que hagamos para él, lo hagamos de corazón, buscando con sinceridad la gloria de su nombre. Que Dios en su gracia nos permita ser creyentes sinceros en el servicio a él.

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