in

El control de la lengua

Saludos cordiales, mi amigo, mi amiga. Bienvenida al estudio bíblico de hoy. Nuestro tema de estudio a lo largo de esta serie es la santidad, usando como guía el material escrito por William McDonald. Hemos llegado a la parte práctica del tema, lo último que vimos fue en cuanto a la importancia de la meditación bíblica, lo cual resulta en una mente pura, que es indispensable para tener una vida pura. En el estudio bíblico de hoy, David Logacho nos hablara en cuanto al control de la lengua.

Sin lugar a dudas que el hablar de una persona es el barómetro de su carácter. El mismo Señor Jesucristo dijo en Mateo 12:34 que de la abundancia del corazón habla la boca. Esto significa que con solo escuchar hablar a una persona, ya podemos hacernos una buena idea de su estado espiritual. Santiago en su libro nos recuerda lo que ya sabemos por experiencia, me refiero a esto de que la lengua, a pesar de ser un órgano tan pequeño, tiene todo el potencial para hacer mucho bien o mucho mal. Aunque el hombre ha logrado dominar toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes y de seres del mar, no hay ningún hombre que pueda domar su lengua. La lengua es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. Esta es la triste realidad, amigo oyente. El hombre no puede domar su lengua, pero Dios sí. Por el poder del Espíritu Santo, Dios puede hacer que una lengua indomable se vuelva en una lengua dócil. La palabra de Dios nos muestra algunas facetas de como opera una lengua domada por Dios a través del Espíritu Santo. Primero, es una lengua que habla solamente la verdad. Efesios 4:25 dice: «Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo, porque somos miembros los unos de los otros» Dios no miente y no ha concedido permiso para mentir a ninguno de los suyos. Por tanto, los creyentes debemos desechar de nuestro hablar no solo las mentiras de frente, sino también las mentiras disfrazadas en un manto de piedad, es decir las mal llamadas mentiras blancas o mentiras piadosas, las exageraciones, el adular, y por supuesto las promesas no cumplidas. No debemos exagerar nuestros logros, las secretarias no deben decir que su jefe no está en la oficina a pesar que sí está, los niños no deben decir que el papá no está en casa, a pesar que está, cuando llega una visita no bienvenida. Segundo, es la lengua que habla cosas que valen la pena. Efesios 4:29 en su primera parte dice: «Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca» La palabra corrompida significa podrida, algo que tiene calidad deficiente, algo inadecuado para ser usado. Mucho de nuestro hablar cae dentro de esta categoría. Hablamos mucho, pero no decimos nada. Esto es palabra ociosa y Mateo 13:26 dice: «Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio» De modo que, amigo oyente, esa conversación que no conduce a nada, esa conversación carente de significado, esa conversación que es mero hablar por hablar, debe ser confesada como pecado y abandonada en nuestras vida. Tercero, es la lengua que habla cosas edificantes. La segunda parte de Efesios 4:29 dice: «Si no la que sea buena para la necesaria edificación» En otras palabras, debemos procurar que nuestro hablar edifique y no destruya a otros. Una vez un hombre, hablando con su amigo, comenzó a decir algo negativo sobre un conocido de los dos, quien no estaba presente. Parecía que se venía un jugoso chisme. Pero ni bien hubo comenzado, se detuvo en seco, y dijo: No, eso no sería edificante. E inmediatamente cambió de conversación. Este hombre no quería usar su lengua para algo que no fuera de edificación para su amigo. Cuarto, es la lengua que al hablar da gracia a los oyentes. La última parte de Efesios 4:29 dice: «a fin de dar gracia a los oyentes» Esto significa que nuestro hablar debe comunicar la gracia o el favor inmerecido que nosotros hemos encontrado en Cristo y que otros también pueden hallar. Nuestro Señor hablaba de esa manera. Lucas 4:22 dice: «Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No es éste el hijo de José?» Como ejemplos de las palabras de gracia de Jesús, podríamos citar cuando él siendo judío pidió agua para beber a una despreciada mujer samaritana, lo cual abrió la puerta para sacar a esta mujer del fango del pecado y ponerla en la ruta al hogar celestial. También vemos palabras de gracia en Jesús cuando a la mujer sorprendida en el acto mismo de adulterio le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más. Hablar palabras de gracia requiere refrenar el impulso de la vieja naturaleza a ser hirientes, cáusticos, sarcásticos, groseros, etc. Quinto, es la lengua que habla cosas sazonadas con sal. Colosenses 4:6 dice: «Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis como debéis responder a cada uno» El mismo Señor que dijo a la mujer samaritana: Dame de beber, también le dijo: Ve, llama a tu marido y ven acá. El mismo Señor que dijo a la mujer adúltera: Ni yo te condeno, vete, dijo también: No peques más. Esto es hablar con gracia y sazonado con sal. La sal es un preservante que evita la corrupción. También es un elemento que produce sed en las personas. Nuestro hablar debe estar orientado a fomentar la santidad, no la impiedad y a fomentar el interés, o la sed, por la gloriosa persona de Cristo. Sexto, es la lengua que habla cosas puras. Efesios 5:3-4 dice: «Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, si aun se nombre entre vosotros, cómo conviene a santos: ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen sino antes bien acciones de gracias» Según esto, amigo oyente, el vocabulario soez, la palabra procaz, la broma de doble sentido, el chiste inmoral está totalmente fuera del contexto cristiano. Mientras más hablemos de cosas impuras, menos serias nos parecerán y en lugar de sentirnos aterrorizados por ellas, comenzaremos a sentirnos atraídos por ellas. Ciertamente que la Biblia cita actos inmorales de algunas personas, pero siempre lo presenta como algo bajo y ruin, como algo que debe ser evitado a cualquier precio. Séptimo, es la lengua que no jura por nada para confirmar una verdad. Mateo 5:34-37 dice: «Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios, ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey: Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blando o negro un solo cabello. Pero sea vuestro hablar: Sí, sí, no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede» El hablar de un creyente debe ser tan honesto que no necesita en absoluto confirmarlo con ningún juramento. Así que, amigo oyente, olvídese del: Te juro por Dios, o te juro por mi madre, o te juro por lo más santo o simplemente te juro. Todo esto está prohibido para el creyente y si Ud. ha caído ya en esta práctica debería confesarlo como pecado y abandonarlo inmediatamente. Octavo, es una lengua reverente. Jamás deberíamos hablar ligeramente o irrespetuosamente sobre cosas sagradas. Es injustificable el hacer bromas sobre la persona de Dios, o la palabra de Dios o el pueblo de Dios. A veces vemos que por hacer gala de un fino sentido del humor, usamos la palabra de Dios para provocar risa. Esto es una forma de irrespetar el bendito libro de Dios. Dentro de esto, permítanos decir algo sobre el tomar el nombre de Dios en vano. Tanto Ud. como yo hemos oído a creyentes que en cualquier conversación meten frases como: Dios mío, o Dios santo, o por Dios, etc. Cuando lo hacen, no es en una forma consciente de invocar el nombre de Dios con algún propósito justificado, sino como un estribillo inconsciente que siempre está a flor de labios. Esta es una manera vana de referirse a la Deidad y debería ser erradicado de nuestro hablar para que sea reverente. Noveno y último, es la lengua que habla lo estrictamente necesario. Proverbios 10:19 dice: «En las muchas palabras no falta pecado; mas el que refrena sus labios es prudente» En otras palabras, mientras más hablamos, más propensos nos volvemos a pecar. Deberíamos evitar este peligro por medio de resistir al impulso natural de hablar hasta por los codos. Eclesiastés 5:2 dice: «No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras» Por supuesto que esta cita se refiere especialmente a los votos hechos a Dios ligeramente, pero también son un buen consejo para todos los que tenemos la tendencia a monopolizar la palabra. Pensar en todo esto que hemos dicho antes de hablar, es tarea de titanes, pero gracias a Dios que él nos ha dado el poder para lograrlo. Si no fuera así, Dios jamás nos habría pedido que domemos nuestras lenguas. Recuerde amigo oyente, que la lengua debe seguir al pensamiento no a la inversa. Más se han arrepentido por lo que han dicho que por lo que han callado. El que habla siembra, el que escucha, cosecha.

La meditación bíblica

Evitar el chisme y eludir el explotar en ira