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La segunda parte de la introducción al libro de Romanos

Cordiales saludos amiga, amigo oyente. La Biblia Dice… le da la bienvenida al estudio bíblico de hoy. Seguimos en la serie titulada: Romanos, la salvación por gracia por medio de la fe en Cristo Jesús, y en esta ocasión, David Logacho compartirá con nosotros la segunda parte de la introducción al libro de Romanos.

Luego de manifestar los motivos que tenía para ir a Roma, lo cual fue materia de nuestro último estudio bíblico, Pablo continúa con la introducción de su epístola a los Romanos. Si tiene una Biblia a la mano, ábrala en Romanos 1:15-17. En estos tres versículos, aparece por tres veces la palabra “evangelio”, una vez en cada uno de los tres versículos. Esta palabra significa “buenas nuevas” y ocupa un lugar central tanto en la mente de Pablo como en su epístola a los Romanos. En el versículo 15 encontramos al comunicador del evangelio y en los versículos 16 y 17 encontramos el carácter del evangelio. Consideremos pues la primera parte, el comunicador del evangelio. Romanos 1:15 dice: “Así que, en cuanto a mí, pronto estoy a anunciaros el evangelio también a vosotros que estáis en Roma.” Pablo había intentado en varias ocasiones ir a Roma, pero por diversas circunstancias no lo pudo hacer. Debe haber sido muy obvio para él que simplemente no había llegado el tiempo de Dios. Dios también quería que Pablo fuera a Roma, pero en su tiempo y a su manera. Dios es soberano. El tiempo de Dios era después de que Pablo haya entregado la ofrenda que las iglesias gentiles recolectaron para los creyentes pobres de Jerusalén y la manera de Dios era que Pablo llegue a Roma en cadenas, es decir como un prisionero. Parece entonces que Pablo, reconociendo la soberanía de Dios y sabiendo que por tanto, él tiene la última palabra, manifiesta su disposición a anunciar el evangelio también a los que están en Roma. Dicho esto, consideremos ahora el carácter del evangelio. Pablo introduce este asunto con lo que tenemos en la primera parte de Romanos 1:16 donde dice: “Porque no me avergüenzo del evangelio” Esta frase puede tener al menos dos sentidos igualmente válidos. En primer lugar, se puede entender en el sentido que Pablo está hablando del denuedo que tenía para predicar el evangelio. Pablo no se sentía temeroso o medroso de anunciar las buenas nuevas de salvación. Puede ser que algunos de los enemigos de Pablo le estaban acusando de que todavía no había ido a Roma por el miedo de enfrentar a los incrédulos Romanos quienes eran famosos por su sabiduría del mundo. Pablo estaría desvirtuando esta infundada acusación diciendo: Porque no me avergüenzo del evangelio. En segundo lugar, se puede entender en el sentido que Pablo está hablando de lo maravilloso o grandioso que es el evangelio para él. En el evangelio había encontrado respuesta a las inquietudes más profundas de su alma. Era imposible que el evangelio le defraude. Ninguno que confía en el evangelio será desilusionado. En su ceguera espiritual, el hombre confía en muchas cosas como el dinero, el poder, la fama, el placer, etc., pero algún día se sentirán avergonzados de haber confiado en algo que prometió tanto y no cumplió nada. En cambio, alguien que confía en el evangelio jamás se sentirá avergonzado, porque todo lo que el evangelio promete se cumple al pie de la letra. Hace años atrás, uno de mis profesores de Instituto Bíblico sorprendió al alumnado al entrar gritando al salón de clase: “Soy un sin vergüenza” Al ver la cara de sorpresa de los estudiantes, añadió: Porque no me avergüenzo del evangelio. En esta manera tan peculiar, este profesor estaba comunicando lo mucho que significaba para él el evangelio. En este punto es inevitable hacerse la pregunta: ¿Por qué es que Pablo no se avergonzaba del evangelio? Pues tiene dos razones contundentes. La primera razón aparece en la segunda parte de Romanos 1:16 “porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego.” El evangelio, o las buenas nuevas, es poder de Dios. La palabra poder es la traducción de la palabra griega “dúnamis”, de donde proviene la palabra española “dinamita”. Así como en la dinamita reside un poder devastador, también en el evangelio reside un poder infinitamente superior. Un experto en demolición usa dinamita para hacer pedazos la más dura roca, Dios usa el evangelio, la dinamita de Dios, para hacer pedazos el corazón más duro del hombre. Dios es omnipotente, en el evangelio ha manifestado ese descomunal poder para lograr sus fines. Pero ¿qué es lo que produce ese poder infinito de Dios manifestado en el evangelio? El texto responde diciendo: Para salvación. La palabra salvación básicamente significa liberación o ser rescatado. El poder de Dios manifestado en el evangelio de Dios libera al hombre de varias cosas. Primero de haber estado perdido. Mateo 18:11 dice: “Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido” Segundo, de ser objeto de la ira de Dios. Romanos 5:9 dice “Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira” Tercero, de la ignorancia espiritual voluntaria. 2 Tesalonicenses 1:8 dice: “en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo” Cuarto, de la esclavitud a la autoindulgencia y de los engaños de las religiones paganas. Colosenses 1:13 dice: “el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo” Quinto, del máximo castigo que Dios ha establecido para el pecador, la eterna separación de él. Apocalipsis 20:6 dice: “Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años.” La única condición, si se puede llamar así, para experimentar el poder de Dios que reside en el evangelio es la fe. El texto dice: A todo aquel que cree. La salvación está disponible para todo pecador, pero no por eso todo pecador es automáticamente salvo. Para apropiarse de la salvación se necesita únicamente de fe. La salvación resulta de oír el evangelio, de entender el evangelio y de creer en lo que sostiene el evangelio. Si alguno de estos elementos está ausente, no se puede hablar de salvación. Creer en el evangelio implica dejar a un lado cualquier cosa en que uno haya estado confiando para ser salvo y abrazar única y exclusivamente lo que sostiene el evangelio. Creer no es meramente un asentimiento intelectual sino una confianza absoluta. Cuentan que un famoso equilibrista tensó su cable por encima de las turbulentas aguas de la cascada del Niágara. Tomó su barra de equilibrista y con una pasmosa habilidad caminó sobre el cable de un lado hacia el otro. La gente que miraba el espectáculo aplaudía furiosamente. El equilibrista pidió a la multitud que haga silencio porque iba a iniciar su siguiente acto. Tomando una carretilla adaptada para ello y su barra de equilibrista hizo rodar la carretilla sobre el cable. La gente deliraba por el espectáculo. Haciendo una señal para que hagan silencio, preguntó a la multitud: ¿Creen que yo podría llevar a un hombre en la carretilla y repetir este acto? La gente a gritos respondió: Sí… tú puedes, tú puedes. Creemos que puedes. Luego el equilibrista hizo otra pregunta. Muy bien. Si creen que yo puedo llevar a un hombre en la carretilla, entonces quién de ustedes se ofrece de voluntario para ir en la carretilla. La multitud se quedó en silencio. Todos se miraban el uno al otro. Absolutamente nadie estaba dispuesto a subirse a la carretilla. ¿Ve el asunto? Todos creían, pero ninguno confiaba. Esa es la diferencia entre una creencia intelectual y una confianza plena. Cuando Pablo dice que la salvación es para todo aquel que cree está refiriéndose a una confianza absoluta en lo que proclama el evangelio. Es lo que permite apropiarse de lo que anuncia el evangelio. El evangelio se proclamó primeramente a los judíos, el libro de los Hechos relata los detalles, y después, cuando la mayoría de los judíos lo rechazaron, el evangelio se proclamó a los no judíos o a los griegos o a los gentiles. Esto también está registrado en el libro de los Hechos. Hoy en día, el evangelio se proclama por igual tanto a judíos como a griegos, por cuanto todos necesitan de la salvación que ofrece el evangelio. La segunda razón por la cual el apóstol Pablo no se avergonzaba del evangelio, la tenemos en Romanos 1:17 donde dice: “Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá” Este versículo habla de la justicia de Dios. Esta frase se usa de diversas maneras en el Nuevo Testamento, pero son tres las más importantes. Primero se usa para describir esa característica de Dios por la cual él siempre hace lo que es recto, justo, apropiado y consistente con sus demás atributos. Cuando decimos que Dios es justo estamos dando a entender que en él no existe absolutamente nada que sea malo, deshonesto o parcializado. Segundo, la justicia de Dios se puede referir a su método de justificar pecadores impíos. Él está facultado para hacer esto sin atentar contra su justicia por cuanto Jesús, el Sustituto sin pecado ha satisfecho todas las demandas de la justicia divina. Finalmente, la justicia de Dios se refiere a la perfecta posición que Dios otorga a los que creen en su Hijo. Los que no pueden ser justos por sí mismos son tratados como si lo fueran, por cuanto Dios los mira a través de las perfecciones de Cristo. La justicia les ha sido imputada a su favor. Cuando Pablo dice que la justicia de Dios se revela en el evangelio está haciendo notar que el evangelio muestra que la justicia de Dios demanda que los pecadores sean castigados, y que el castigo es la muerte eterna. Pero también dice que el amor de Dios proveyó lo que demandaba su justicia. Dios envió a su Hijo a morir como sustituto de los pecadores, pagando todo lo que ellos deben. En consecuencia por el hecho que se han satisfecho las demandas de la justicia de Dios, él puede con absoluta justicia salvar a todos aquellos que se apropian de la obra de Cristo. La justicia de Dios se revela por fe y para fe. Esto puede significar varias cosas, pero lo más consecuente con el contexto es que todo es cuestión de fe desde el principio hasta el final. Todo esto está en perfecta armonía con lo que dice el profeta Habacuc en el capítulo 2 versículo 4: Mas el justo por la fe vivirá. Quiera Dios amable oyente que Usted también mire al evangelio bajo esta perspectiva de modo que usted también pueda decir: Porque no me avergüenzo del evangelio.

Primera parte de la introducción al libro de Romanos

La necesidad de salvación que tiene todo hombre