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La pecaminosidad del hombre Pt. 3

Bienvenidos, estoy agradecido que me estén acompañando el día de hoy a un nuevo programa de la serie Hilos, cuyo propósito es proporcionarles consejos prácticos para llevar el evangelio a nuestras conversaciones diarias. Quiero invitarte a que en los siguientes minutos te dispongas a escuchar lo que Dios nos dice y pide a través de su palabra.

En el anterior programa te estuve hablando sobre la pecaminosidad del hombre y de que nuestra naturaleza es pecaminosa, lo cual va en contra del carácter de Dios que es Santo, puro y juez justo. Cuando vivimos cometiendo errores, escuchaste que uno de los efectos es la culpa. Y no sé si te ha pasado o lo has visto en otras personas, pero cuando una persona se siente culpable dedica su tiempo para desahogarse con juegos, deportes, el televisor, el internet, en fin, actividades distractoras, pero déjame decirte que hay algo aún peor que eso.

Aquellas personas que conocen de Dios, asisten a una iglesia, cometen errores como todos; pero que no reciben la gracia de Dios, entonces, cubren su sentido de culpa a través de la religión. Sólo te recuerdo que la consecuencia inmediata de esto es nuestra separación con nuestro padre celestial y tratamos de resolverla a través de las buenas obras, pensando así que podemos volver a un equilibrio. Pero la verdad es que no resuelve nada y nos seguimos sintiendo culpables.

Una segunda reacción emocional al pecado lo encontramos en el primer libro de la Biblia, en Génesis 3, verso 7: “Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales” esta es la historia de Adán y Eva, que tras haber pecado tomaron la decisión de cubrirse a sí mismos. Pero, recuerdas que Dios nos hizo a su imagen y semejanza, además ellos no lo habían hecho antes, entonces te pregunto ¿qué pasó? ¿Por qué se cubrieron? Simplemente, porque cuando pecamos venimos a tener vergüenza ante Dios. Esto nos lleva a una tercera reacción, que se encuentra en el verso siguiente, en el 8: “y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto”. Adán y Eva se encontraron escondiéndose de Dios, temerosos de comparecer ante Él y de rendir cuentas por el pecado. Un temor que se hizo eco en todo el mundo y en todo tipo de formas como lo hicieron los pueblos animistas y tribales al expresar bailes, oraciones, sacrificios para apaciguar a los espíritus y dioses. Y tú que estas allí escuchándome, puede parecer que ahora es una historia diferente, pero no es tan así, porque tenemos temores a la enfermedad, al dolor, al desastre, al fracaso, a la soledad y en última instancia, miedo a la muerte. Woody Allen, famoso director y actor de cine, bromeó al respecto y mencionó: “no es que tenga miedo a morir, simplemente no quiero estar allí cuando suceda”. También dijo: “lo fundamental detrás de toda motivación y toda actividad es la lucha constante contra la aniquilación y la muerte”.

Estas dos citas muestran que el hombre hace lo que puede para negar los efectos del pecado, para encubrirlos. Es nuestra naturaleza pensar que no somos tan malos, por el hecho de no matar, los demás pecados no pesan tanto, pensamos que una pequeña mentira no nos va a condenar y le ponemos niveles a nuestro pecado. Además, tal vez no sea tu caso, pero hay personas que se comparan con otros y dicen: “hay muchos pecadores peores que yo”. Y tú sabes que cuando decimos ese tipo de cosas es porque nos estamos refiriendo a: terroristas, asesinos, violadores, es decir, una cantidad de personas que no están cerca de la iglesia, pero aquí es donde nos damos cuenta de que estamos muy engañados en nuestro pensamiento porque la realidad es que es pecado, se gran o pequeño en nuestro pensamiento eso sigue siendo pecado y para Dios es lo mismo porque la consecuencia sigue siendo la separación infinita con él.

Cuando pecamos le estamos diciendo a Dios: “tu ley no es buena, mi juicio es mejor, tu autoridad no se aplica en mi vida.” Y de esa manera terminamos insultando su santidad. Con esto, ¿no crees que tenemos un pensamiento equivocado de la realidad? Me refiero a que creemos que nuestras acciones malas son relativamente insignificantes, cuando la verdad es que es un problema infinitamente mayor.

Bien, ahora te voy a recordar los hilos del evangelio que hemos venido trabajando, primero: el carácter de Dios es santo, perfectamente bueno, perfectamente puro, incomparable en gloria; segundo, nosotros nos hemos rebelado contra Él; tercero, a causa de eso estamos separados de Dios. Entonces, te puedes preguntar: “¿por qué Dios no me perdona? Después de todo, Dios me ama.” Y esto nos lleva al cuarto hilo, que ya te lo había mencionado, que Dios es juez justo tal como está escrito en Proverbios capítulo 17, verso 15 donde dice: “el que justifica al impío, y el que condena al justo, ambos son igualmente abominación a Jehová”. Tan sencillo como que Dios justifica a los inocentes y condena a los culpables. Si eso es así, somos tú y yo inocentes o culpables ante esto y podemos ser merecedores de la condenación eterna. Pero, esto nos lleva a otro pequeño tema sobre el perdón, el perdón proviene únicamente de Jehová, es Él quien señala a los pecadores culpables como inocentes. Y esto mismo va en contra de su propio carácter porque ya no sería justo.

¿Por qué pensaríamos que Dios, el juez del universo, perfecto, bueno, y justo podría hacer algo diferente de lo que es? Con esto vamos a la quinta verdad y para mencionarla escucha lo que dice Romanos capítulo 6, versículo 23, esto dice: “Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” un verso que te invito a memorizarlo. Y si te das cuenta, en la primera parte de este pasaje entendemos que el precio del pecado es la muerte, sencillamente así, a pesar de que muchos hayan pensado diferente, lo único que provoca el pecado es la muerte expresada de dos maneras:

La primera es una muerte física. Déjame aclararte que en un inicio este no fue para nada el plan de Dios, sino que fue producto del pecado que lo leemos en Génesis 1y 2. Pero, en todo caso, a esa muerte no se está refiriendo Pablo en Romanos, sino a una muerte espiritual eterna. Por el pecado adámico nacemos con el pecado, lo cual nos separa de Dios y si seguimos en eso seguiremos muertos en nuestro pecado. No obstante, encontramos en Efesios 2, 1 lo siguiente: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados”. Al escuchar esto puede que reflexiones, si el resultado del pecado es la muerte, por lo tanto, somos completamente incapaces de salvarnos a nosotros mismos. Entonces, ¿cómo puede alguien que está muerto resucitar a sí mismo a la vida?

Con esta pregunta estamos llegando al corazón del evangelio. La respuesta es que no podemos, de ninguna manera, salvarnos a nosotros mismos por nuestros méritos. No importa cuánto ores, no importa cuánto conozcas de la Biblia, cuánto vayas a la iglesia, cuánto tiempo dediques a la adoración, o cuanto bien hagas en el mundo, sólo Dios puede darnos vida. Es esto a lo que se refiere el quinto hilo del evangelio; estábamos muertos sin Dios, eternamente condenados pero el sexto hilo entendemos que Dios es misericordioso. Escucha lo que dice Tito capítulo 2, versículo 11: “porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres” es decir que Jehová, el todopoderoso, envió a su único hijo Jesús a pagar el precio por nuestros pecados para que muera en nuestro lugar, de modo que cuando nos alejamos de nuestros pecados y confiamos en lo que Jesús ha hecho como nuestro Salvador y Señor, somos restaurados para siempre.

Lo que quiero que entiendas es que nuestra realidad frente al pecado es una sola; la muerte. El resultado es que estamos separados de Dios y eso trae culpa a nuestra vida, tenemos vergüenza y miedo porque nuestro creador es justo y nada de lo que podamos hacer en nuestras propias fuerzas puede cambiar esto. Eso lo sabía Dios y por eso se ideó el plan de salvación, al enviar a su hijo porque solamente al recibirlo en tu corazón vas a ser libre del pecado y podrás reconciliarte con él para siempre. Él en su bondad, me buscó, te buscó y sigue buscando más personas para que comprendan esto. Él ha tenido misericordia al no darnos lo que nos merecemos y es esto lo que significa el evangelio. Esta es la gran noticia que debemos comunicar. Si no lo has escuchado antes, te invito que recibas a Jesús el día de hoy.

Francis Schaeffer, un conocido teólogo, dijo: ¿qué harían si conocieran a un hombre moderno en un tren y tuvieran solo una hora para hablarles sobre el evangelio? Él mismo respondió: pasaría 45 a 50 minutos hablando sobre lo negativo para mostrarles el dilema de la muerte espiritual. Y me tomaría de 10 a 15 minutos predicar el evangelio. Si te hicieran la misma pregunta, ¿harías lo mismo? Pues, creo que gran parte de nuestro trabajo evangelizador no está claro simplemente porque estamos demasiado ansiosos por llevar la respuesta, sin antes hacer que el hombre se dé cuenta de la verdadera causa de su enfermedad; su pecado. Sólo así comprenderá realmente la doctrina, ya que actualmente se vende el nombre del cristianismo como autoayuda cristiana. Cuando el principal objetivo del evangelio es que adoptemos la pecaminosidad que está en nuestros corazones y en el proceso nos encontramos con el salvador que puede liberarnos completamente.

Si ya has recibido al Señor en tu corazón, pero conoces a muchas personas que no lo han hecho y aun así te cuesta compartirles esta verdad o tal vez crees que no lo necesitan, entonces deberías cuestionarte si de verdad has experimentado la presencia restauradora de su Espíritu Santo. Entonces te pregunto: ¿cómo estás con este hilo del evangelio? En esta serie he venido repitiendo sobre los hilos del evangelio y presentándote tú realidad de acuerdo al pecado, la consecuencia de este y por sobre todo, la bondad de Dios al darnos la salida para el dilema del pecado.

Ahora, una cosa más antes de terminar, muchas veces no hablamos correctamente sobre los demás como hacia tu cónyuge, jefe, el presidente, y en general porque tenemos argumentos erróneos sobre ellos y olvidamos que todos ellos son personas creadas a la imagen de Dios que debemos llevarles a tener un encuentro personal con su padre celestial.

Una vez más, deja que Dios te convenza que su gracia está por encima de todas las personas, sean cristianas o no. Así que, si los conoces empieza por edificar su vida, que tu hablar refleje continuamente la gracia de Dios para que entonces aquellas personas puedan abrir su corazón al evangelio. Muchas veces se cerrarán y no querrán saber nada, pero tú insiste porque es Dios quien hace que lo imposible sea posible.

Recuerda, Dios es el único que puede atraer a otros para sí mismo, al compartirles el evangelio. Y lo hacemos con la confianza de nuestra dependencia de Dios para hacer lo que nunca podríamos hacer nosotros mismos, porque es Él quien tiene el poder de crear, de recrear, para darnos la valentía de ir y hacer discípulos. De esta manera, no tendrás miedo al momento de ir y hablar del evangelio a las personas que considerabas tan cerradas para conocer de Cristo en tu trabajo, amigos o familia. Que Dios te bendiga.

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La pecaminosidad del hombre Pt. 4