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La reprensión del Señor Jesús a los que confiaban en sí mismos como justos

Cordiales saludos amable oyente. Soy David Logacho dándole la bienvenida al estudio bíblico de hoy. Nuestro tema de estudio es el evangelio según Lucas. En esta oportunidad vamos a estudiar la reprensión del Señor Jesús a los que confiaban en sí mismos como justos.

Si tiene una Biblia a la mano, ábrala en Lucas 18:9-17. Este pasaje bíblico contiene dos partes íntimamente relacionadas. La primera parte se enfoca sobre el orgullo y la segunda parte sobre la humildad. Vayamos a lo primero. A manera de introducción de esta parte, note lo que dice Lucas 18:9  A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola:
Aquí tenemos al orgullo en su verdadera dimensión. La persona orgullosa confía en sí misma en todo sentido. El mundo promueve esta actitud. Todos los programas de auto ayuda tienen esta meta. Usted sabe: Tú lo puedes todo, tú tienes todo lo que necesitas para tener éxito. Si no lo has logrado todavía es porque no sabes todo el potencial que tienes en ti mismo. Dios no tiene ninguna participación en esta manera de pensar. Después de todo, ¿Para qué necesito a Dios si puedo obtener todo lo que quiero sin su ayuda? Esta era la actitud de muchos fariseos del tiempo del Señor Jesús. Confiaban en sí mismos como justos. Se llama orgullo. Fue por el orgullo que Satanás cayó de su posición original. Los orgullosos van por igual camino. Una de las fábulas de Esopo lo ilustra muy bien. Los ratones querían estar mejor organizados, así que eligieron a algunos como líderes. Todo fue bien por un tiempo. Los líderes ayudaron de verdad a encontrar mejores maneras de conseguir más alimento y librarse de la persecución de los gatos. Todos en el reino de los ratones se sentían felices. Pero con el paso del tiempo, los ratones líderes se dejaron atrapar en su orgullo y sentido de gran importancia y dijeron: Nosotros somos los líderes aquí y deberíamos tener títulos y privilegios. Deberíamos vestirnos con bellos uniformes y llevar medallas apropiadas. También convendría que llevásemos sombreros de copa a fin de que todos nos vean y nos reconozcan inmediatamente. Lo dijeron y lo hicieron. Se pusieron sus uniformes, sus medallas y sus sobreros de copa. Se les veía magníficos y ellos se sintieron muy orgullosos. Pero un día, el gato hizo un ataque sorpresa. Todos los ratones corrieron para salvar sus vidas, pero los ratones líderes se movieron con lentitud porque los uniformes y las medallas estorbaban mucho para correr. Pero aun peor, cuando llegaron al agujero y quisieron meterse para protegerse, los altos sombreros de copa se lo impidieron. Así que el gato cazó a unos cuantos y disfrutó aquel día de una comida suculenta. Aquellos ratones vanidosos murieron atrapados por su propia vanidad. Otra cara fea del orgullo es el menosprecio a los que el orgulloso considera que no está a su mismo nivel. El orgulloso siempre mira al resto por debajo del hombro. Los fariseos a quienes el Señor Jesús dedicó la parábola que vamos a estudiar menospreciaban a los otros. Consideremos la parábola. Se encuentra en Lucas 18:10-13. La Biblia dice: Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano.
Luk 18:11  El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano;
Luk 18:12  ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano.
Luk 18:13  Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador.
Conforme a la costumbre, la cual no tenía nada de malo, dos hombres ascendieron al área designada para realizar oraciones públicas en el templo de Jerusalén. Uno de los hombres era fariseo. Un fariseo era miembro de una secta dentro del judaísmo del tiempo del Señor Jesús, quien se entregaba al estudio a fondo de la ley y de las tradiciones de los antepasados y exigía el más riguroso cumplimiento de su propia interpretación de la ley, sobre todo en lo referente al sábado, a la pureza ritual y a los diezmos. El otro hombre era un publicano. Un publicano era un judío que estaba a servicio del imperio romano, en la nada grata tarea de recaudar impuestos de sus paisanos judíos, para entregarlos a las autoridades romanas. Los tributos no eran cobrados por los romanos, sino que se arrendaban a judíos, los cuales tenían a su vez, empleados a su servicio, de ahí la diferencia entre publicanos y jefe de publicanos. Como el dinero cobrado tenía que sobrepasar la suma de arrendamiento y demás gastos, frecuentemente los publicanos procedían con arbitrariedad cobrando más de lo que era justo. Por esto, los publicanos eran aborrecidos por el pueblo judío. En el Nuevo Testamento es constante la frase publicanos y pecadores. Que un judío tenga tratos con publicanos era algo horrendo para el resto de judíos. La actitud del fariseo al orar muestra el orgullo que llevaba dentro. El fariseo pensaba que oraba a Dios, pero el Señor Jesús dice que no era así, sino que oraba consigo mismo. Dios no escucha las oraciones de los orgullosos. Para asegurarse que todos le vean, el fariseo oraba puesto en pie y para asegurarse que todos le oigan, el fariseo oraba en voz alta. La oración consistía básicamente en arrojarse flores a sí mismo. Decía: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres. Note como se ponía por encima de todos los demás. A todos los demás los consideraba como ladrones, injustos y adúlteros. A esto conduce el orgullo. Yo soy el mejor. Todos los demás son basura. Pero el desprecio del fariseo estaba especialmente dirigido hacia el publicano. Tal vez con un gesto despectivo le miraba y llegaba a la conclusión que todo lo que había dicho del resto era poco cuando se trataba del pobre publicano. Acto seguido, el orgulloso fariseo mostraba donde estaba su confianza. No en Dios por supuesto sino en él mismo, en sus propios logros, en sus propias obras. La ley que tanto decía cumplir exigía solamente un día de ayuno por año, en el día de expiación, pero el fariseo daba a conocer que ayunaba dos veces por semana. Iba más allá de lo que Dios demandaba. La ley ordenaba diezmar, pero en otros pasajes bíblicos se nota que los fariseos diezmaban hasta la menta, el eneldo y el comino. Hacían esto, pero descuidaban cosas más importantes como el amor al prójimo por ejemplo. A todo esto, ¿Qué hacía el publicano? Dice el texto que estando lejos, como para que nadie lo note, tal vez porque ningún judío quería estar cerca de él, no quería ni aun alzar sus ojos al cielo. Esto significa que reconocía su bajeza, su condición de pecador y al mismo tiempo reconocía la grandeza y la santidad de Dios. Además dice el texto que se golpeaba el pecho. Esta es la acción que comunicaba: No tengo ningún derecho para estar ante Dios. Si estoy aquí es por la pura gracia y misericordia de Dios. La oración del publicano era corta pero llena de significado. Simplemente decía: Dios, sé propicio a mí, pecador. El verbo propiciar conlleva la idea de satisfacer algo que otro demanda. Dios demanda la muerte por el pecado. En su gracia y misericordia, Dios permitió que una víctima inocente tome el lugar de un culpable, para morir en lugar del culpable. Por esto, en ese tiempo, los judíos tenían que llevar un cordero o un macho cabrío o un becerro para sacrificarlo en el templo de Jerusalén. Al decir: Dios, sé propicio a mí, pecador, el publicano estaba diciendo: Yo merezco morir por mi pecado, pero una víctima inocente ha tomado mi lugar para recibir el castigo que yo merezco, esto satisface tu justicia, Dios. Yo confío en que me has perdonado de esta manera. Note la diferencia. El fariseo confiaba en sí mismo, el publicano confiaba en Dios. El veredicto lo da el Señor Jesús cuando en Lucas 18:14 dice: Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.(A)
Los dos oraron, pero sólo uno fue justificado o declarado justo por Dios. El publicano, quien reconoció su pecado y confió en Dios para ser perdonado. El fariseo no fue justificado o declarado justo, porque no confió en Dios, sino en sí mismo. Su orgullo le impidió confiar en Dios. Cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido. En la segunda parte de este pasaje bíblico, el enfoque está sobre la humildad. Note lo que pasó. Lucas 18:15-17 dice: Traían a él los niños para que los tocase; lo cual viendo los discípulos, les reprendieron.
Luk 18:16  Mas Jesús, llamándolos, dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios.
Luk 18:17  De cierto os digo, que el que no recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él.
La gente que acompañaba al Señor Jesús traía a sus niños para que el Señor Jesús los toque. Así hacían todos los rabinos de aquel tiempo. Al ver a los niños acercándose al Señor Jesús, los discípulos reprendieron a los padres de estos niños. Esto sirvió para que el Señor Jesús dé una lección sobre la humildad a sus discípulos. Llamándolos les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis. ¿La razón? Porque de los tales es el reino de Dios. Acto seguido, el Señor Jesús explicó lo que quiso decir. La idea es que el que no recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Los niños no eran considerados como importantes en aquella época. Se les consideraba como humildes. El Señor Jesús está diciendo en esencia: los orgullosos, como el fariseo de la parábola, no pueden entrar al reino de Dios. Los que entran al reino de Dios son aquellos que tienen la humildad como la de los niños. Si está confiando en sus obras para acercarse a Dios, está haciendo lo mismo que el fariseo de la parábola. No siga en ese camino. Reconozca su pecado, como el publicano, y con la humildad comparable a la de un niño, confíe en Dios quien ha dado a su Hijo el Señor Jesús para que todo aquel que en Él cree sea salvo.

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