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El resultado de la misión de los setenta

Es un gozo saludarle amable oyente. Soy David Logacho, dándole la bienvenida al estudio bíblico de hoy en el evangelio según Lucas. En esta oportunidad estudiaremos el resultado de la misión de los setenta.

Si tiene una Biblia a la mano, ábrala en Lucas 10:17-24. El evento relatado por Lucas ocurrió cuando los setenta que fueron enviados por el Señor Jesús regresaron de su misión. Lucas 10:17 dice: Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre.
No se puede precisar cuánto tiempo duró la misión de los setenta. Lo que se sabe es que los setenta cumplieron a cabalidad con lo que el Señor Jesús les encomendó. Esto les trajo un gozo inefable. Siempre que cumplimos con la voluntad del Señor Jesús experimentamos gozo inefable. Cuando volvieron todos, presentaron su informe de trabajo al Señor Jesús, quien los envió, y estaban tan extasiados por los resultados que dijeron al Señor Jesús: Aun los demonios se nos sujetan en tu nombre. Note la humildad de estos setenta discípulos del Señor Jesús. Comprendieron muy bien que los demonios se sujetaron a ellos, porque lo hicieron en el nombre del Señor Jesús. La honra y la gloria son por tanto para el Señor Jesús, no para ellos. Al oír el informe de los setenta, el Señor Jesús hizo su evaluación del informe. Lucas 10:18 dice: Y les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo.
Luk 10:19  He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones,(K) y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará.
Luk 10:20  Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos.
La evaluación del Señor Jesús tuvo dos partes. En la primera parte, parece que el Señor quiso decir a los setenta: No se sorprendan de que los demonios se les sujeten, porque yo vi como su jefe máximo Satanás fue arrojado del cielo como un rayo, por eso, no es extraño que sus siervos, los demonios, se sujeten a ustedes en mi nombre. Yo soy el que doy el poder para poner bajo sus pies a Satanás y sus demonios y toda fuerza del enemigo, de manera que absolutamente nada les dañe. Pero también las palabras del Señor Jesús se pueden entender en el sentido de advertencia a los setenta. Era como si el Señor Jesús dijera a los setenta: Cuidado con sentirse orgullosos por la experiencia de ver que los demonios se someten a ustedes, no sea que ustedes cometan el mismo error que Satanás, quien por su orgullo fue expulsado del cielo como un rayo. Jamás olviden que si tienen poder para sujetar a los demonios es porque yo les he dado ese poder para hollar a Satanás y sus demonios y sobre toda fuerza del enemigo, y nada les dañará. Ambas formas de entender son válidas y legítimas. En la segunda parte de la evaluación, el Señor Jesús comunica a los setenta que existe algo que es más valioso o importante que ver a los demonios sujetándose a los setenta. El Señor Jesús dijo a sus discípulos: Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos. Los setenta estaban regocijándose porque tenían el poder para sujetar a los demonios, pero el Señor Jesús les dice que existe algo mejor que eso, lo cual debería ser motivo de mayor regocijo. Lo mejor es saber que por ser creyentes sus nombres están escritos en los cielos. Esto debía ser motivo de supremo regocijo para los setenta. Esto último es una realidad en todos aquellos que hemos recibido al Señor Jesús como Salvador. Nuestros nombres están escritos en los cielos. Por tanto, los creyentes debemos encontrar en esto nuestro regocijo. Es triste, pero una gran cantidad de creyentes viven buscando experiencias sobrenaturales que supuestamente les harán sentir gozosos y no se dan cuenta que por el solo hecho de tener sus nombres escritos en los cielos ya tienen más que suficiente razón para vivir regocijándose. Hablando de regocijarse justamente, el Señor Jesús comunicó a sus discípulos que Él también se estaba regocijándose. Note lo que dice Lucas 10:21-22. En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó.
Luk 10:22  Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre;(L) y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo,(M) y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.
El Señor Jesús se regocijó en el Espíritu Santo. Esto significa que su gozo giraba alrededor de todo lo que el Espíritu Santo hacía por medio del Él, cumpliendo la voluntad de Dios. El Señor Jesús, alaba al Padre celestial, reconociendo que Él es el Señor o el Amo o el Dueño del cielo y de la tierra. Su alabanza es por dos cosas, en primer lugar porque en su sabiduría, Dios el Padre ha escondido sus cosas más profundas de los sabios y entendidos de este mundo, y las ha dado a conocer, o las ha revelado a personas sencillas, que por su sencillez son como los niños. Dios el Padre es soberano y Él simplemente así lo quiso porque eso le agradó. Seguramente tanto usted como yo, amable oyente, hemos constatado esto de primera mano. Me refiero a conocer personas que son una eminencia en los asuntos de esta vida, pero están ciegos a las verdades espirituales reveladas por Dios en la Biblia. Es irónico, pero el hombre tiene tanta capacidad como para poner a personas en la superficie de la luna, pero no tiene capacidad para comprender que es un pecador necesitado de un Salvador. El Padre celestial escondió estas cosas de los sabios y entendidos. Pero también, tanto usted como yo, amable oyente, hemos constatado de primera mano que personas muy sencillas, muy comunes y corrientes, han desarrollado una fantástica capacidad para comprender cosas muy profundas reveladas por Dios en su Palabra. Tal vez usted sea una de ellas. Si es así, usted es motivo para que el Señor Jesús se regocije en el Espíritu. En segundo lugar, el Señor Jesús alaba a su Padre celestial porque por medio de Él todos los que quieran pueden conocer al Padre celestial. El Señor Jesús dice que todas las cosas le fueron entregadas por su Padre celestial. Esto tiene una profunda implicación teológica. El Señor Jesús lo pone en estos términos: Nadie conoce quien es el Hijo sino el Padre; ni quien es el Padre sino el Hijo. Esto es notable. Entre el Padre y el Hijo existe tal unidad, que conocer al Padre es lo mismo que conocer al Hijo y conocer al Hijo es lo mismo que conocer al Padre. De la misma manera, rechazar al Hijo es lo mismo que rechazar al Padre, rechazar al Padre es lo mismo que rechazar al Hijo. Algunas personas dicen: Yo amo a Dios, pero todavía no han recibido a Cristo, el Hijo de Dios, como Salvador. Esto no puede ser así. Si alguien ama a Dios, tiene que amar también al Hijo de Dios, en el sentido de recibirlo como Salvador. Si alguien rechaza al Hijo de Dios, como Salvador, también está rechazando al Padre celestial. Pero note que también el Señor Jesús dijo que nadie conoce quien es el Padre, sino el Hijo, y a aquel a quien el Hijo quiera revelar. Es por medio del Señor Jesús, el Hijo de Dios, que todo aquel que cree en Él, puede conocer al Padre celestial. Cuanta razón tuvo el Señor Jesús cuando dijo, según Juan 14:6 Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.
El Señor Jesús terminó su reunión con los setenta, mostrándoles lo privilegiados que son al estar presentes en ese lugar y en ese instante del tiempo. Note lo que dice Lucas 10: 23-24 Y volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis;
Luk 10:24  porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.
El Señor Jesús dice que los discípulos que estaban con él en ese lugar y en ese instante, son bienaventurados. Esto significa inmensamente dichoso, felices, privilegiados. ¿Por qué? Pues porque estaban siendo testigos del cumplimiento de lo que muchos profetas y muchos reyes hubieran deseado ver y oír en su tiempo. Lo que muchos profetas y reyes hubieran dado cualquier cosa por ver y oír, era la obra maravillosa que estaba realizando el Señor Jesús, y la enseñanza extraordinaria que impartía. En esencia, la presencia física del Señor Jesús, como el Cristo o el Mesías, o el Rey de Israel. Nosotros los creyentes de hoy en día podemos también sentirnos bienaventurados porque nosotros gozamos de los privilegios resultantes de la obra suprema del Señor Jesús cuando murió en la cruz del Calvario y resucitó de entre los muertos. ¿Ha recibido a Cristo como su Salvador? Si no lo ha hecho, no tiene motivo alguno para sentirse bienaventurado, pero si lo ha hecho, tiene parte en el grupo de los que somos bienaventurados.

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