in

El espectro hiriente de la ingratitud

Qué grato es saludarle amable oyente. Soy David Logacho dándole la bienvenida al estudio bíblico de hoy. Estamos estudiando el Evangelio según Lucas. En esta oportunidad tenemos al Señor Jesús enseñando acerca de la ingratitud. Alguna vez leí una ilustración sobre la ingratitud. Precisamente se llamaba, el crimen de la ingratitud. El autor de esta ilustración dice: “Los hombres, si reciben un mal, lo escriben sobre el mármol, si reciben un bien lo escriben en el polvo” La ingratitud es signo de egoísmo, soberbia e indiferencia, es una lacra que afea la vida, son las flores que jamás se dieron, las palabras que jamás se pronunciaron, la sonrisa que jamás se dibujó. Creo que es universalmente conocida aquella conmovedora historia de sacrificio, amor e ingratitud.
Cuando aquella noche la vida del robusto campesino se apagó en el humilde rancho, la esposa apretujó contra su pecho a su pequeño hijo, prometiéndose a sí misma hacerlo todo por él. Los años pasaron, sus manos encallecieron pero su delantal descolorido se hermoseó la tarde que recogió sus lágrimas al ver partir a su muchacho a la ciudad. A costa de sacrificio le ayudó en la carrera universitaria mandándole de lo poco que podía obtener de sus tareas rurales. No importaba que los cabellos se cubriesen de nieve… su hijo triunfaba.
Las hojas cayeron, el tiempo pasó y una mañana recibió el telegrama esperado toda una vida. ¡Su muchacho era doctor! Se había graduado con distinguidas calificaciones y un futuro brillante le esperaba. La madre profundamente emocionada reunió sus ahorros y sin decir palabras tomó el tren hacia la capital para estar presente el día de la entrega de diplomas ¡quería darle una sorpresa a su hijo!
La ceremonia estaba en su apogeo cuando se oyó una discusión en la entrada, era la anciana tratando de entrar en el recinto. De nada valieron los argumentos del flemático guardián, como pudo se abrió paso hacia delante buscando con sus ojos nublados a su muchacho querido. Su vestido, aunque era el mejor que tenía, era de líneas anticuadas, su peinado algo pasado de moda y un murmullo de burla se sintió en la sala. El joven profesional se puso lívido y recogiendo con vergüenza los rumores de los presentes, dijo resueltamente: Sáquenla de aquí. Esta mujer está loca, yo no la conozco. Al oír estas palabras los ojos grises de la dulce madre se mancharon con sangre de su corazón. Su frente rugosa se inclinó y dando media vuelta, no necesitó que nadie la sacase, ella misma regresaba a su chacra, dejando para siempre aquel por quien había luchado, había encanecido, había rogado, había sufrido.
Al caer la tarde, un silbato triste quebró el silencio, el viejo tren comenzó la marcha, junto a una ventanilla una mujer lloraba a escondidas, sus lágrimas caían sobre el pedazo de pan que tenía en las manos, aun tenía puesto su mejor vestido, atrás fue quedando la ciudad envuelta en brumas… adelante… la soledad.
Amarga historia que deja al desnudo el espectro hiriente de la ingratitud. De esto trata la enseñanza del Señor Jesús.

Si tiene una Biblia a la mano, ábrala en Lucas 17:11-19. La Biblia dice: Yendo Jesús a Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea.
Luk 17:12  Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos
Luk 17:13  y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!
Luk 17:14  Cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes.(B) Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados.
Luk 17:15  Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz,
Luk 17:16  y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano.
Luk 17:17  Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?
Luk 17:18  ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?
Luk 17:19  Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado.
El Señor Jesús estaba viajando rumbo a Jerusalén donde iba a ser crucificado. El viaje lo hacía acompañado de sus discípulos y una gran multitud. La ruta pasaba entre Samaria y Galilea. Al entrar en una aldea, aparecieron diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos. Así era como debían actuar los leprosos. Note lo que dice Levítico 13:45-46  Y el leproso en quien hubiere llaga llevará vestidos rasgados y su cabeza descubierta, y embozado pregonará: ¡Inmundo! ¡Inmundo!
Lev 13:46  Todo el tiempo que la llaga estuviere en él, será inmundo; estará impuro, y habitará solo; fuera del campamento será su morada.
Por demás trágica era la situación de un leproso. Fue así como a prudente distancia del Señor Jesús y sus discípulos, estos diez leprosos clamaron a voz en cuello: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros! Los leprosos confiaban que el Señor Jesús tenía el poder para sanarlos y por eso le pidieron a gritos que lo haga. Cuando alguien se acerca con genuina fe al Señor Jesús, va a ser recompensado. El texto dice que el Señor Jesús los vio. Acto seguido les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Los sacerdotes tenían la responsabilidad de examinar a las personas que habiendo sido leprosas, pensaban que ya estaban sanas, para declararlas ceremonialmente limpias. Una persona leprosa era ceremonialmente inmunda. Levítico 14: 1-7 dice: Y habló Jehová a Moisés, diciendo:
Lev 14:2  Esta será la ley para el leproso cuando se limpiare: Será traído al sacerdote,
Lev 14:3  y éste saldrá fuera del campamento y lo examinará; y si ve que está sana la plaga de la lepra del leproso,
Lev 14:4  el sacerdote mandará luego que se tomen para el que se purifica dos avecillas vivas, limpias, y madera de cedro, grana e hisopo.
Lev 14:5  Y mandará el sacerdote matar una avecilla en un vaso de barro sobre aguas corrientes.
Lev 14:6  Después tomará la avecilla viva, el cedro, la grana y el hisopo, y los mojará con la avecilla viva en la sangre de la avecilla muerta sobre las aguas corrientes;
Lev 14:7  y rociará siete veces sobre el que se purifica de la lepra, y le declarará limpio; y soltará la avecilla viva en el campo.
Los diez estaban todavía cubiertos de lepra, pero por la fe en el Señor Jesús, obedecieron su mandato y confiados en que iban a ser curados en algún momento, se fueron para presentarse ante los sacerdotes. Fue allí cuando se hizo el milagro. Según el texto, aconteció que mientras iban, fueron limpiados. La fe siempre se manifiesta en obediencia a cualquier cosa que Dios diga. La fe genuina siempre va a ser recompensada. ¿Qué hicieron los diez una vez que los sacerdotes les declararon ceremonialmente limpios? Pues, de los nueve no se sabe nada. Se dieron por bien servidos. Solamente uno de los diez, viéndose sano, volvió al lugar donde estaba el Señor Jesús y glorificando a Dios a gran voz, se postró rostro en tierra a los pies del Señor Jesús, dándole gracias. Sólo él fue agradecido. Los otros nueve, cometieron el crimen de la ingratitud. El único que hizo lo apropiado era samaritano. Los samaritanos eran odiados y despreciados por los judíos. Al ver al agradecido samaritano postrado a sus pies con su rostro en tierra, el Señor Jesús hizo una pregunta a los que estaban presentes: Les dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? Todos sabían la respuesta. Los nueve estaban disfrutando de su nueva vida sin lepra, ignorando a Aquel que les hizo el milagro de sanarles. El Señor Jesús añadió entonces: ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? El Señor Jesús no estaba buscando crédito por el milagro que realizó. El Señor Jesús no es como muchos supuestos hacedores de milagros de hoy en día que codician los aplausos y la admiración de la gente. Lo que el Señor Jesús buscaba es que Dios sea glorificado. El único que lo hizo fue un samaritano, un extranjero. Los judíos que se consideraban a ellos mismos como justos delante de Dios, fallaron rotundamente, mientras que los samaritanos que eran odiados y despreciaos por los judíos, hicieron lo que es correcto delante de Dios. Fue una bofetada para la arrogancia de los incrédulos judíos. Habiendo dicho esto, el Señor Jesús se dirigió al samaritano, quien estaba postrado a sus pies con su rostro en tierra y le dijo: Levántate, vete, fu fe te ha salvado. Interesante los nueve fueron sanados pero no salvados. Solamente el samaritano fue sanado y además salvado. Pero no seamos prestos a apuntar con el dedo índice a los ingratos nueve leprosos limpiados milagrosamente por el poder del Señor Jesús. ¿Sabe por qué? Porque nosotros creyentes, también solemos hacer lo mismo que ellos. ¿De qué manera? Pues cuando no tomamos conciencia del gran favor inmerecido que recibimos al ser limpiados de nuestro pecado, algo peor que la lepra, y disfrutamos de la nueva vida que Dios nos ha dado en Cristo, fallando en agradecer a Dios y al Señor Jesús por lo que hemos recibido. Cuidado amable oyente con cometer el crimen de la ingratitud.

El peligro de ser tropiezo para otros, del perdón, de la vida de fe y del servicio

El discurso del Señor Jesús en cuanto a su segunda venida