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Los creyentes han muerto juntamente con Cristo y han resucitado a una nueva vida con Cristo

Es una bendición estar nuevamente junto a Usted mi amiga, mi amigo. Bienvenido al estudio bíblico de hoy. Vamos a continuar estudiando el libro de Gálatas, en esta serie titulada: Gálatas, la Carta Magna de la Emancipación de la Iglesia. En esta ocasión veremos que los creyentes han muerto juntamente con Cristo y han resucitado a una nueva vida con Cristo. En instantes más estará con nosotros David Logacho para hablarnos sobre este asunto.

Una de las verdades más maravillosas de la relación de un creyente con Cristo y sin embargo una de las verdades menos aprovechadas es el hecho que el creyente ha muerto con Cristo y ha resucitado a una nueva vida con Cristo. Si tuviéramos más conciencia de esta realidad, pecaríamos menos y disfrutaríamos más de la vida cristiana. Todo esto tiene fundamento en muchos pasajes del Nuevo Testamento, pero especialmente en el libro de Gálatas. Antes de analizar esta verdad en detalle, permítame hacer una introducción para ver qué es lo que condujo a Pablo a tratar este interesante asunto. Todo se originó en un desliz, por decir lo menos, que el apóstol Pedro cometió estando en la iglesia de Antioquia. Sucede que cuando Pedro llegó a esta iglesia, comía sin ningún problema con los creyentes gentiles. El hecho que un judío comparta una comida con un gentil era la máxima expresión de igualdad entre ese judío y los gentiles. Pedro no se sentía ni superior ni inferior a los creyentes gentiles. Un judío no creyente jamás comería con gentiles, porque los judíos consideraban inmundos a los gentiles y no querían contaminarse comiendo con ellos. Pero Pedro reconocía que en Cristo no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer, porque todos somos uno en Cristo Jesús. Sin embargo, en algún momento llegaron a la iglesia de Antioquia personas de triste recordación. Se llamaban judaizantes, eran falsos hermanos de ascendencia judía, quienes enseñaban que para ser salvos es necesario recibir a Cristo como Salvador y además de eso, guardar la ley de Moisés, en especial lo que tiene que ver con la circuncisión. Es decir que los judaizantes pregonaban un evangelio diferente del que predicó Pablo y del que predicó el mismo Pedro. Inexplicablemente, Pedro, como que se dejó influenciar por estos judaizantes y comenzó a alejarse de los creyentes gentiles, como si los creyentes gentiles estuvieran con alguna enfermedad contagiosa. Esto fue catalogado por Pablo como una conducta hipócrita por parte de Pedro. Claro, siendo creyente, Pedro sabía que no es necesario guardar la ley de Moisés para ser salvo, sin embargo, haciendo a un lado a los creyentes gentiles, quienes no guardaban la ley de Moisés, estaba sugiriendo que para ser salvos es necesario guardar la ley de Moisés. La actitud de Pedro fue imitada por otros creyentes judíos. Inclusive Bernabé se dejó arrastrar por la forma de pensar de Pedro. Pablo debía confrontar esta situación y lo hizo con entereza y con energía. Simplemente dijo a Pedro: Tú, que eres judío, has estado viviendo como si no lo fueras; ¿por qué, pues, ahora, quieres obligar a los no judíos a vivir como si lo fueran? Acto seguido, Pablo explicó su exhortación a Pedro y en la explicación dejó para la eternidad una grandiosa exposición de la doctrina de la justificación por fe. En esencia Pablo reconoció que la justificación, o el acto de que un pecador sea declarado justo por parte de Dios, es el resultado que ese pecador crea en Cristo como Salvador, mas no el resultado de guardar los preceptos de la ley de Moisés. Por tanto, el que un creyente, intente volver a guardar la ley de Moisés, como pretendían los judaizantes y también Pedro con su conducta de mantener a distancia a los creyentes gentiles, era equivalente a negar que la sola fe en Cristo hace que el creyente gentil o judío sea declarado justo por Dios. Es aquí cuando Pablo hace otra afirmación en su explicación de la exhortación que hizo a Pedro. Pablo afirma que el creyente ha muerto juntamente con Cristo y ha resucitado juntamente con Cristo. Gálatas 2:19-20 dice: “Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” Lo que Pablo está diciendo es que cuando una persona ha sido hallada culpable de lo que se le acusa, sentenciada a la pena capital y la ejecución se ha llevado a cabo, entonces la ley ya no tiene nada que reclamar a esa persona. La ley ha quedado satisfecha. La ley persigue a personas vivas, no a personas muertas. Imagine por un instante a un contumaz delincuente que ha matado a varias personas inocentes, en un país donde está vigente la pena capital. Supongamos que este delincuente ha sido juzgado legalmente y ha sido sentenciado a morir en la silla eléctrica. Una vez que se ejecuta la sentencia, se ha cumplido con la ley y la ley no tiene nada más que reclamar a quien ha sido ejecutado por la misma ley. Se dice entonces que la ley ha sido satisfecha. Igual es con el creyente que ha muerto en Cristo. Ha sido hallado culpable. La sentencia es la muerte. Pero alguien tomó el lugar de este creyente para morir por ese creyente. En la cruz del calvario, Cristo pagó todo lo ese creyente debía pagar conforme a la ley. Por tanto, la ley ha sido satisfecha y en consecuencia, el creyente está libre de cualquier condenación por su pecado, cualquiera que éste haya sido. En su magistral manera de expresar las cosas, Pablo dice por tanto: Con Cristo estoy juntamente crucificado. Esto es una realidad en todo creyente. El momento que el creyente deposita su fe en la persona y obra de Cristo, literalmente muere juntamente con Cristo y por eso la ley ya no tiene nada que hacer con ese creyente. Pero recuerde que Cristo no quedó en la tumba para siempre, sino que resucitó al tercer día y hoy vive para siempre. Igual cosa pasa con el creyente. Una vez que ha muerto, ha resucitado a una nueva vida en Cristo. Por eso es que Pablo dice: Y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mi. Lo que el creyente era antes ha dejado de existir, como resultado de haber muerto juntamente con Cristo, y ha comenzado la existencia una nueva persona, una persona en quien Cristo manifiesta su vida. Se cuenta que Carmen se ganaba la vida vendiendo su cuerpo a quien estuviera dispuesto a pagar lo que pedía. Un día Carmen escuchó el glorioso mensaje del evangelio y recibió a Cristo como Salvador. Inmediatamente entendió que lo que hasta ese momento había sido Carmen, había muerto juntamente con Cristo y había nacido una nueva Carmen en quien se debía manifestar la vida de Cristo. Poco tiempo después de este milagro de la gracia de Dios, vino a la casa de Carmen uno de sus asiduos clientes. Tocó la puerta y Carmen la abrió. El hombre le saludó efusivamente diciéndole: Carmen, me da gusto volver a verte. Carmen respondió: Perdone señor, la Carmen que Usted conoce murió. Yo soy una nueva Carmen, tengo a Cristo en mi corazón y mi cuerpo y mi vida le pertenecen solo a él. El hombre, desilusionado dio media vuelta y se fue. Carmen cerró la puerta y apoyada de espaldas a la misma elevó a Dios una plegaria de agradecimiento por ser una nueva criatura en Cristo Jesús. A esto es a lo que Pablo se refiere cuando dice: Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí. Pablo estaba tan seguro de esta realidad que dice que la vida que ahora vive en el cuerpo, la vive por su fe en el Hijo de Dios, quien le amó y se entregó a la muerte por él. Esta debería ser la actitud para enfrentar la vida en todo creyente. Es una vida de fe en lo que Cristo hizo por amor de nosotros en la cruz. No es una vida de legalismo buscando siempre el favor de Dios por medio de cumplir los preceptos de la ley de Moisés. Finalmente, Pablo afirma que el intento de ser justificados por Dios mediante el cumplimiento de la ley de Moisés es una tácita negación del valor de la muerte de Cristo. Gálatas 2:21 dice: “No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.” Pensar que por medio de las obras podemos ser justificados por Dios, o pensar que por medio de la fe más obras podemos ser justificados por Dios, es un insulto a la gracia de Dios. La gracia de Dios dice: La única manera de ser justificado por Dios es mediante la fe en Cristo Jesús, quien nos amó y murió por nosotros en la cruz. La justificación es un regalo inmerecido que hace Dios a todos aquellos que han recibido a Cristo como Salvador. Pensar que podemos ser justificados por Dios mediante el cumplimiento de la ley de Moisés o mediante las buenas obras de cualquier tipo que sean, es equivalente a negar la eficacia de la muerte de Cristo. Si el hombre puede salvarse por medio de las buenas obras, entonces Dios fue un necio al permitir que su Hijo muera en la cruz. Le garantizo amable oyente, que si hubiera habido alguna forma de salvar al pecador, sin necesidad de que Cristo muera, Dios el Padre jamás habría permitido que Cristo muera. Pero la realidad es que no existe manera de salvar al pecador, aparte de que Cristo muera en lugar del pecador. Por eso Cristo murió por Usted y por mí, amiga, amigo oyente. No deseche la gracia de Dios intentando hallar la salvación por obras o por la fe más obras. La salvación es un regalo de gracia y se recibe solo por la fe en la sola persona de Cristo. Si hasta ahora no ha recibido a Cristo por la fe en su corazón, hágalo hoy mismo y de esa manera se beneficiará de la gracia de Dios.

La exhortación por parte de Pablo

Lo peligroso que es quedar fascinado con doctrinas de hombres