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Toda cosecha produce gozo

Qué gozo es estar nuevamente con Usted amable oyente. Bienvenido al estudio bíblico de hoy con David Logacho. La cosecha, normalmente es un tiempo de mucho gozo para el que siembra. Por fin podrá ver el fruto del arduo trabajo a lo largo de varios meses. Pero no toda cosecha produce gozo, porque hay ocasiones cuando la cosecha no es lo que el sembrador esperaba y en lugar de gozo experimenta tristeza. Sin embargo, esta tristeza es nada en comparación de la tristeza que se producirá en una cosecha que está por acontecer en lo futuro, al final de la tribulación. Es sobre esto que trata nuestro estudio bíblico de hoy en el libro de Apocalipsis.

Siembra truenos y cosecharás tormentas, afirma el popular dicho. Con mayor sabiduría, la Biblia declara en Gálatas 6:7 “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.” Es la ley de la siembra y la cosecha. Lo que se siembra se cosecha. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción, dice la palabra del Señor, mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna. Este principio espiritual es inviolable. Hace poco tiempo atrás, una joven creyente, comenzó a sembrar para su carne. Abrió la puerta a las caricias profundas con su enamorado. La mala semilla produjo una mala cosecha. Hoy, esta joven tiene que soportar los sinsabores de ser una madre soltera. Es la ley de la siembra y la cosecha. Pero en los postreros días tendrá lugar la última cosecha de toda la malla semilla que se ha sembrado en este mundo. De esto nos habla el pasaje bíblico que tenemos para hoy en el libro de Apocalipsis. Lo primero que notamos es el ejecutor de la cosecha. Apocalipsis 14:14 dice: “Miré, y he aquí una nube blanca; y sobre la nube uno sentado semejante al Hijo del Hombre, que tenía en la cabeza una corona de oro, y en la mano una hoz aguda.” Este es el testimonio que nos da el apóstol Juan, autor humano del libro de Apocalipsis acerca del ejecutor de la cosecha. Lo ve sentado sobre una nube blanca. La nube nos habla de la gloria que rodea al ejecutor de la cosecha. El color blanco nos habla de la pureza del carácter del ejecutor de la cosecha. Él es perfectamente justo, perfectamente puro y perfectamente glorioso. Además Juan dice que el ejecutor de la cosecha es semejante al Hijo del Hombre. De aquí sabemos que el ejecutor de la cosecha no es ningún otro sino el Señor Jesucristo. El título Hijo del Hombre fue usado con mucha frecuencia por Jesucristo para hablar de sí mismo y nos hace pensar que Él es Aquel que nos conoce tal cual como somos, porque experimentó lo que nosotros como humanos experimentamos. Esta es la última ocasión que la Biblia habla de Jesucristo como el Hijo del Hombre. Notamos también que el Hijo del Hombre tenía en la cabeza una corona de oro. Esto significa que el Hijo del Hombre es tanto rey como conquistador. Pero algo muy significativo es la herramienta que el Hijo del Hombre tiene en la mano. Se trata de una hoz aguda. La hoz es un instrumento que sirve para segar mieses y hierbas. Está compuesta de una hoja de acero, curva, con dientes muy agudos y cortantes por la parte cóncava, afianzada en un mango de madera. La hoz simboliza el severo juicio que el Hijo del Hombre está por traer sobre los moradores de la tierra que se han rebelado contra él. Qué interesante, la primera venida del Hijo del Hombre a este mundo estuvo rodeada de humildad absoluta, pero la segunda venida del Hijo del Hombre a este mundo será en gloria y poder absoluto. La hoz aguda en su mano es parte de esto. Si Usted prefiere encontrarse con Jesucristo en su humildad, recíbalo hoy mismo como su Salvador personal. De otra manera, Usted está en riesgo de encontrarse con Jesucristo en gloria y poder absoluto y será demasiado tarde para Usted, porque lo único que le espera es el golpe de su afilada hoz cortando de un tajo su existencia sobre este mundo. Volviendo al texto en Apocalipsis, luego de hablarnos del ejecutor de la cosecha, Juan nos habla de la hora de la cosecha. Apocalipsis 14:15 dice: “Y del templo salió otro ángel, clamando a gran voz al que estaba sentado sobre la nube: Mete tu hoz, y siega; porque la hora de segar ha llegado, pues la mies de la tierra está madura.” Mientras Juan contemplaba al Hijo del Hombre sentado sobre la nube blanca, apareció un ángel que salió del templo en el cielo y dirigiéndose al Hijo del Hombre clamó a gran voz diciendo: Ha llegado la hora. La mies en la tierra está madura. Mete tu hoz y siega. Dios tiene su plan de acción cuidadosamente diseñado amigo oyente. Cada actividad dentro de su plan tiene su momento y su forma de realizarse. En lo futuro, Dios ha planificado arrancar de un tajo a todos los impíos moradores de la tierra. Dios sabe el momento preciso para ello. A veces nos preocupamos innecesariamente pensando que los impíos se van a salir con las suyas. Nos sorprende la audacia y la prepotencia con la que ejecutan sus malas obras. Nos gustaría que descienda fuego del cielo y los consuma al instante. Pero no debe ser así. Los impíos van a pagar caro por cada una de sus malas obras, pero no será cuando nosotros queremos o de la manera que nosotros queremos sino en el momento de Dios y de la manera de Dios. Lo único que debemos hacer es seguir confiando en un Dios que es absolutamente justo. Note también que el ángel que salió del templo del cielo dijo que la mies de la tierra está madura. Esto significa que el pecado en los moradores de la tierra ha llegado al máximo tolerable. No puede ir más allá. Ha llegado la hora para que Dios intervenga con poder para contrarrestarlo. Inmediatamente Juan nos muestra que el ejecutor de la cosecha procede a cosechar la tierra. Apocalipsis 14:16 dice: “Y el que estaba sentado sobre la nube metió su hoz en la tierra, y la tierra fue segada.” Se habrá consumado la cosecha. Mientras el Hijo del Hombre estaba febrilmente segando la tierra, Juan contempló a otro ángel saliendo del templo en el cielo. Apocalipsis 14:17 dice: “Salió otro ángel del templo que está en el cielo, teniendo también una hoz aguda.” El Hijo del Hombre es más que suficiente para segar la tierra por sí mismo. Pero note amable oyente que surge en el escenario otro ángel que sale del templo en el cielo. Este ángel tiene una hoz aguda en su mano. Ya hemos señalado que la hoz aguda representa el juicio de Dios sobre los moradores impíos de la tierra que estén vivos al final de la tribulación. Mientras Juan contemplaba a este ángel con la hoz aguda en la mano, miró a otro ángel más. Veamos de qué se trata. Apocalipsis 14:18 dice: “Y salió del altar otro ángel, que tenía poder sobre el fuego, y llamó a gran voz al que tenía la hoz aguda, diciendo: Mete tu hoz aguda, y vendimia los racimos de la tierra, porque sus uvas están maduras.” Este ángel sale del altar en el templo en el cielo. En el templo, el altar era el lugar donde permanentemente ardía fuego. Dos veces al día, el sacerdote tomaba fuego de este altar, arrojaba sobre él el incienso y el perfume saturaba el lugar santo en un precioso símbolo de las oraciones de los santos. Cuando Juan ve al ángel que tenía poder sobre el fuego, debió haber estado pensando en las oraciones que los mártires de la tribulación elevaron a Dios pidiendo venganza sobre los moradores de la tierra. Apocalipsis 6:9-10 dice: “Cuando abrió el quinto sello, vi bajo el altar las almas de los que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que tenían. Y clamaban a gran voz, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra?” Los mártires tenían que esperar el tiempo de Dios para ejecutar venganza. Pues el tiempo para que Dios haga justicia ha llegado. Por eso este ángel instruye al otro ángel diciendo: Mete tu hoz aguda, y vendimia los racimos de la tierra, porque sus uvas están maduras. Acto seguido, el que colabora con el ejecutor de la cosecha, se dedica también a cosechar. Apocalipsis 14:19-20 dice: “Y el ángel arrojó su hoz en la tierra, y vendimió la viña de la tierra, y echó las uvas en el gran lagar de la ira de Dios. Y fue pisado el lagar fuera de la ciudad, y del lagar salió sangre hasta los frenos de los caballos, por mil seiscientos estadios.” La figura es impresionante. Hoz aguda en mano, el ángel comienza a segar la tierra así como un labrador vendimia la viña en busca de las uvas. Las uvas en este caso son los hombres impíos que moran la tierra durante la tribulación. Pero ¿notó donde arrojó el ángel las uvas que cosechó? Dice el texto que las echó en el gran lagar de la ira de Dios. El lagar es la cavidad esculpida en piedra, donde se pisan las uvas para obtener el mosto. Pues Dios también tiene su lagar. Es un gran lagar, está ubicado en las afueras de Jerusalén. Es un gran valle conocido como Planicie de Esdraelón o el valle de Meguido, o también el valle de Jezreel. Es un accidente geográfico enorme, donde tendrá lugar la batalla de Armagedón al final de la tribulación, de lo cual hablaremos con mayor detalle en su oportunidad. Este valle será el lagar donde serán pisoteados como uvas los enemigos de Jesucristo. La mortandad será tan grande que la sangre de las víctimas llenará el valle de Jezreel por 1600 estadios y una profundidad hasta los frenos de los caballos. Un estadio es una medida lineal del Nuevo Testamento que equivalente a 180 metros. Es decir, saldrá tanta sangre humana del lagar de la ira de Dios como para llenar el valle de Jezreel por 288 kilómetros de largo y 1 metro y medio de profundidad. Solo con pensarlo me dan escalofríos. Es la venganza de un Dios justo, puro y santo entre los que se han rebelado contra él y contra su amado Hijo. La gente impía durante la tribulación vivió alejada de Dios. Para ellos llegó el momento de cosechar lo que sembraron. Significó su propia destrucción y su condenación eterna en el infierno. Amable oyente, no corra el riesgo de terminar en el lagar de la ira de Dios. Hoy mismo arregle su problema de pecado con Dios. La única manera de hacerlo es por medio de recibir por la fe a Cristo como su Salvador. No demore más su decisión.

¿Ha visto Usted alguna vez un desfile de ángeles?

Recibir el justo castigo de Dios por sus malas obras