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La negra noche de la tribulación

Bienvenido amigo oyente, al estudio bíblico de hoy. Después de cada noche, siempre hay un mañana. Esto será así también en la tribulación. La negra noche de la tribulación se irá disipando y comenzarán a brillar los albores de la mañana.

En nuestro estudio bíblico anterior, dejamos al mundo controlado por el Anticristo, también llamado Babilonia, convertido en un montón de ruinas humeantes y en medio de densas tinieblas. Babilonia recibió el justo juicio de Dios por su impiedad. Pero después de la tormenta viene la calma. Con esta idea en mente vayamos al capítulo 19 de Apocalipsis. La calma es precedida de una explosión de alabanza a Dios. Esta alabanza se realiza en los cielos y también en la tierra. Consideremos en primer lugar la alabanza en los cielos. Apocalipsis 19:1-4 dice: “Después de esto oí una gran voz de gran multitud en el cielo que decía: ¡Aleluya! Salvación y honra y gloria y poder son del Señor Dios nuestro; porque sus juicios son verdaderos y justos; pues ha juzgado a la gran ramera que ha corrompido a la tierra con su fornicación, y ha vengado la sangre de sus siervos de la mano de ella. Otra vez dijeron: ¡Aleluya! Y el humo de ella sube por los siglos de los siglos. Y los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes se postraron en tierra y adoraron a Dios, que estaba sentado en el trono, y decían: ¡Amén! ¡Aleluya!” Hermoso, amable oyente. Tratemos de desmenuzarlo. El lugar de alabanza es en el cielo. Los que alaban son una gran multitud. Formando esta multitud deben estar los ángeles de Dios. También la iglesia de Cristo, representada por los veinticuatro ancianos. Además los santos del Antiguo Testamento y los santos que murieron durante la tribulación. Todos ellos unirán sus voces en una majestuosa alabanza. Entre esa multitud me encontraré yo. ¿Y Usted? Bueno, si Usted es de Cristo por haberle recibido como su Salvador, entonces Usted también será parte de esta gran multitud. Consideremos ahora la alabanza en sí misma. Es preciosa. Por tres veces en este corto pasaje bíblico se repite la palabra ¡Aleluya! Esta palabra aparece únicamente cuatro veces en todo el Nuevo Testamento y todas ellas están en los primeros seis versículos del capítulo 19 de Apocalipsis. Aleluya es una palabra de origen Hebreo que literalmente significa: Alabad a Dios. Es una invitación a celebrar con palabras a nuestro gran Dios. Cada vez que Usted pronuncia ¡Aleluya! Está invitando a los que le oyen, a unirse a Usted en alabanza a Dios. ¿Qué es lo que motiva a este coro celestial a alabar a Dios con tanto entusiasmo? Varias cosas amable oyente. Número uno. El carácter de Dios. Solo en Dios se puede encontrar las cuatro virtudes que exalta el coro celestial: Salvación, honra, gloria y poder. Nadie más como Él, amable oyente. Por eso merece ser alabado eternamente. Número dos, porque sus juicios son verdaderos y justos. Viviendo en un mundo donde abunda la mentira y la injusticia, los creyentes anhelamos un mundo donde las cosas se hagan con verdad y justicia. Solo Dios puede lograr un mundo verdadero y justo porque sus juicios son verdaderos y justos. Puede ser que Usted haya sido o esté siendo objeto de calumnia e injusticia en este mundo. No piense que eso va a pasar desapercibido por Dios. Algún día Dios hará justicia. Número tres, porque Dios ha juzgado a la gran ramera que ha corrompido a la tierra con su fornicación. En su verdad y justicia, Dios llamó a cuentas al mundo religioso, político y económico controlado por el Anticristo. Dios lo encontró impuro. Como una ramera. Su impureza contaminó la tierra entera. Por eso, Dios emitió su veredicto contra la ramera. La condenó a destrucción. Los detalles de esto los estudiamos en los capítulos 17 y 18 de Apocalipsis. La justicia de Dios podrá tardar pero llegará. Eso lo puede tener por seguro. Número cuatro, porque Dios ha vengado la sangre de los mártires. El coro dice que Dios ha vengado la sangre de sus siervos de la mano de ella. La ramera, o el mundo controlado por el Anticristo, además de impura es asesina. Se la ve como un hombre que tiene sus manos manchadas con la sangre de la persona que acaba de asesinar. El mundo tiene sus manos manchadas con la sangre de millones de creyentes fieles que ha asesinado a lo largo de siglos. Primero fue el imperio Romano, desde que nació la iglesia hasta los días del Emperador Constantino. En este tiempo, el circo Romano se tiñó de sangre de los discípulos de Cristo. Luego fue la Iglesia establecida, pero corrupta. Millones más de discípulos de Cristo fueron asesinados por ella. Más tarde fueron varios regímenes socialistas o comunistas quienes ejercieron terrible persecución en contra de la iglesia de Cristo y mataron a miles de sus discípulos. Hoy en día, la ramera que asesina discípulos de Cristo tiene forma de religiones en las cuales el nombre de Cristo es despreciado. En lo futuro, la ramera matará a millones de creyentes durante la tribulación. Pero la ramera pagará por cada gota de sangre que ha derramado, por cada lágrima que ha hecho rodar por las mejillas de sus víctimas. Dios tomará venganza y destruirá a la gran ramera. Otra vez el coro exclama ¡Aleluya! Alaben a Dios. El humo de la destrucción de la ramera se eleva hacia el cielo por la eternidad. El coro celestial alaba a Dios porque ha hecho justicia en la ramera. Acto seguido tenemos el cierre de la alabanza. Los veinticuatro ancianos, símbolo de la iglesia, y los cuatro seres vivientes, estas criaturas angélicas encargadas de velar por la santidad de Dios, adoran a Dios quien estaba sentado en el trono y pronuncian ¡Amén! Esto significa: Así sea. ¡Aleluya! Alaben todos a Dios. Mientras la dulce melodía celestial se va atenuando en el oído. Comienza otra alabanza. Pero esta vez en la tierra. Apocalipsis 19:5-6 dice: “Y salió del trono una voz que decía: Alabad a nuestro Dios todos sus siervos, y los que le teméis, así pequeños como grandes. Y oí como la voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!” La voz proviene del cielo, más directamente, del trono. Probablemente fue uno de los seres vivientes o algún ángel. Lo que pronuncia es una invitación. La invitación es ésta: Alabad a nuestro Dios todos sus siervos, y los que le teméis, así pequeños como grandes. Los que están siendo invitados a alabar a Dios son los siervos de Dios. Parece lógico pensar que se trata de los siervos de Dios que están en la tierra, por cuando los siervos de Dios que están en el cielo acaban de expresar una majestuosa alabanza a Dios. Los siervos de Dios son los que le temen. No solo en el sentido de reverencia sino también en el sentido de miedo. Es relativamente fácil entender el temor a Dios en el sentido de reverencia, porque después de todo, Dios es excelso, supremo, soberano. Pero cuesta mucho entender el temor a Dios en el sentido de miedo. Esto tiene que ver con un miedo a ofender su santidad y atentar contra su gloria. Miedo de hacer algo que no le agrade. Miedo de caer en sus manos en disciplina, no en condenación. Si tuviéramos más temor de Dios en este sentido, créame amable oyente, que nuestras vidas serían más santas, aunque sea por el miedo de ofender a un Dios tan maravilloso, aunque debemos tener en claro que nuestra obediencia a Dios debe ser más por amor que por miedo. En todo caso, los siervos de Dios son los que le temen. Si Usted no tiene temor de Dios, no es siervo de Dios aunque se llene la boca diciendo que es un siervo de Dios. La invitación a alabar a Dios a los siervos de Dios es sin distinción de ninguna clase. Pequeños como grandes dice el texto. Esto se puede entender en el sentido de creyentes de poca edad como creyentes de mucha edad. Pero también se puede entender en el sentido de creyentes de toda clase social y económica. El momento de alabar al Señor no debe haber distinción de personas. Los hombres somos muy propensos a hacer distinción de personas, inclusive en las iglesias, pero Dios no. No me cabe esto de hablar de iglesias de clase alta o iglesias de clase baja. Todos estamos al mismo nivel cuando nos comparamos con Cristo. ¿Qué pasa después? Bueno, los creyentes en la tierra aceptan la invitación a alabar a Dios y los oídos de Juan perciben la voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos. Esto será asombroso. Todos los creyentes en la tierra al final de la tribulación, sin distinción de ninguna clase alabando al Señor. La alabanza comienza con esa palabra hermosa sobre la cual ya hablamos antes. ¡Aleluya! ¿Recuerda lo que significa? Exactamente… Alabad a Dios. Todos se animan a alabar a Dios. Luego prosiguen diciendo: Porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina. ¡Qué grandioso! Ha llegado el momento para que Jesucristo, nuestro Señor Dios Todopoderoso reine sobre la tierra. Por demasiado tiempo, nuestra querida tierra ha estado bajo el dominio de ese ser despreciable llamado Satanás. Pero Satanás ha sido destronado. Más adelante se verá que va a ser atado y arrojado a un abismo por mil años. Jesucristo lo ha vencido. Tiene derecho a sentarse sobre el trono máximo. Él Señor nuestro Dios Todopoderoso reina. El 23 de Marzo de 1743 se estrenó en Londres la famosa ópera “El Mesías” de Handel. Uno de los asistentes que engalanaba la ocasión fue el mismísmo Rey Jorge II de Inglaterra. Cuando la ópera llegó a su clímax con lo que se llama el “Aleluya” y la letra justamente es lo que acabamos de ver en el libro de Apocalipsis: Porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina; el rey de Inglaterra, rindió honores a Jesucristo, poniéndose de pie hasta que terminó la ópera. De aquí nace la costumbre de ponerse de pie cada vez que se llega al Aleluya cuando se presenta la ópera “El Mesías” en cualquier lugar del mundo. Jesucristo merece eso y mucho más. ¿Está Usted alabándole como Él se merece?

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