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La realidad ineludible de la resurrección de Cristo

Es motivo de gran gozo darle la bienvenida, amiga, amigo oyente. Estamos listos para el estudio bíblico de hoy en la primera epístola de Pablo a los Corintios, en la serie que lleva por título: Un mensaje oportuno para una iglesia en crisis. En esta ocasión, David Logacho nos hablará de la realidad ineludible de la resurrección de Cristo.

Si tiene una Biblia a la mano, ábrala en 1 Corintios capítulo 15. Antes de estudiar la primera parte de este capítulo, permítame señalar que entre los muchos y variados problemas que había en la iglesia de Corinto, estaban los problemas doctrinales. Uno de los problemas doctrinales tenía que ver con la resurrección. Corinto era una ciudad griega, y los griegos no creían en la resurrección de los muertos. Cuando Pablo estaba predicando en Atenas, al llegar al punto de hablar de la resurrección de Cristo, algunos de los que oían el mensaje se burlaban abiertamente de Pablo. Hechos 17:32 dice: «Pero cuando oyeron lo de la resurrección de los muertos, unos se burlaban, y otros decían: Ya te oiremos acerca de esto otra vez.» De una manera incomprensible, esta forma de pensar muy propia del mundo de aquella época, se introdujo en la iglesia de Corinto y algunos creyentes estaban negando la resurrección física de Cristo y por ende la resurrección física de los creyentes. Pablo va a confrontar esta falsa doctrina por medio de mostrar que la resurrección física de Jesús es parte vital del glorioso mensaje del evangelio. En esta oportunidad, vamos a considerar los versículos 1 a 4 del capítulo 15. Es importante notar que Pablo da por sentado, fuera de toda duda, que Cristo resucitó de entre los muertos y lo único que va a hacer es presentar a dos testigos de este hecho para que confirmen que Cristo resucitó. El primer testigo es la iglesia misma de Corinto. 1 Corintios 15:1-2 dice: «Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano.» Pablo había llegado a Corinto y había predicado el evangelio. La palabra evangelio significa: Buenas noticias. Hablando de estas buenas noticias, este pasaje bíblico muestra que las buenas noticias necesitan ser predicadas. Si las buenas noticias no son proclamadas no benefician a nadie. Luego, las buenas noticias necesitan ser recibidas. Esto no significa un mero asentimiento intelectual sino una aceptación total y absoluta. Tiene que intervenir el intelecto, las emociones y la voluntad. Con el intelecto conocemos lo que somos y lo que Cristo hizo por nosotros. Con las emociones, nos sentimos dolidos por cuanto un inocente ha tenido que sufrir para que seamos librados de un castigo. Con la voluntad debemos recibir a Cristo como Salvador. Después se necesita perseverar en las buenas noticias. Perseverar es la traducción de un verbo griego que también pudo haberse traducido como: mantenerse en pie o estar firme. Los que hemos recibido a Cristo como nuestro Salvador, estamos absolutamente firmes en la verdad que comunica el evangelio. Finalmente, las buenas noticias necesitan ser retenidas. Este verbo, retener, es la traducción de un verbo griego que también pudo haber sido traducido como sostener, o sujetar firmemente. Los creyentes corintios oyeron las buenas noticias, recibieron las buenas noticias, perseveraron en las buenas noticias y retuvieron las buenas noticias, en consecuencia son salvos. Observe la conjugación del verbo ser: Pablo no dice: fueron salvos, tiempo pasado, ni serán salvos, tiempo futuro, sino son salvos, tiempo presente, indicando que la salvación es algo que siempre está presente. Nada ni nadie puede arrebatarla. Leyendo superficialmente el texto, parecería decir que para ser salvo es necesario perseverar y retener las buenas noticias. Pero no es así, lo que el texto está diciendo es que por cuanto ya son salvos, los creyentes corintios están en capacidad de perseverar y retener las buenas noticias. Uno de los síntomas de una persona genuinamente salva es que persevera y retiene las buenas noticias. De modo que los corintios son salvos, sus vidas fueron transformadas radicalmente. Esto era prueba de la veracidad del evangelio, o las buenas noticias. Pero una parte integral de las buenas noticias es la resurrección física de Cristo. Después de todo, un Salvador muerto no puede salvar a nadie. La iglesia de Corinto es entonces un testigo veraz de la resurrección física de Cristo. Después viene un segundo testigo. Son las Escrituras. 1 Corintios 15:3-4 dice: «Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras» Cuando Pablo dice: Porque primeramente, se está refiriendo a la capital importancia del mensaje del evangelio. El mensaje del evangelio es el mensaje más importante que una iglesia puede proclamar. El mensaje del evangelio gira alrededor de una persona, la persona de Cristo. El mensaje del evangelio no tiene que ver con una religión, cualquiera que sea, sino con una persona, la persona de Cristo. El mensaje del evangelio contempla tres obras grandiosas que tienen que ver con Cristo. Él murió, él fue sepultado, y él resucitó. Este mensaje fue recibido por Pablo directamente de Cristo Jesús. Ponga atención a lo que hablando del evangelio dijo Pablo, según Gálatas 1:11-12 «Mas os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo.» En todos los lugares donde Pablo predicó el evangelio, entregó el mensaje que recibió por revelación de Jesucristo. Otro asunto que debe ser tomado muy en cuenta, es que esas tres maravillosas obras que tienen que ver con Cristo, fueron realizadas conforme a las Escrituras. Cuando Pablo habla de las Escrituras, se está refiriendo a los escritos del Antiguo Testamento. Miremos más de cerca esas extraordinarias obras en relación con la persona de Cristo. La primera, Cristo murió por nuestros pecados. Que Cristo haya muerto, no significa gran cosa, porque pudo haber muerto como mártir, o por un accidente, o una enfermedad o de muerte natural. Lo maravilloso de su muerte descansa sobre lo que dice el texto a continuación: Cristo murió, pero por nuestros pecados. Esto último hace única a la muerte de Cristo. Esta fue la razón para la muerte de Cristo. Fue un sacrificio expiatorio. Fue en cumplimiento del propósito de su venida. Él vino para dar su vida en rescate por muchos. Cristo tomó el lugar del pecador y soportó el castigo que el pecador merece. Cristo murió para que los pecadores puedan tener vida eterna. Todo esto conforme a las Escrituras. En muchas partes del Antiguo Testamento se habla del sacrificio expiatorio de Cristo. Tal vez donde mejor se lo contempla es en ese grandioso capítulo sobre el sufrimiento de Cristo en el libro de Isaías. Me refiero a Isaías 53. Allí, en los versículos 4 y 5 dice: «Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.» Desde la eternidad Dios predestinó que su Hijo, el Señor Jesucristo, sea ofrecido como sacrificio por el pecado del hombre. La segunda obra maravillosa relacionada con Cristo es que fue sepultado. Esto también es parte integral del evangelio. ¿Sabe por qué? Porque si Cristo no hubiera sido sepultado, hubiera habido fundamento para dudar de su muerte. Alguien pudiera haber dicho: Cristo sólo sufrió un desmayo en la cruz y nunca murió. Pero el hecho que el evangelio comunica que Cristo fue sepultado, hace de su muerte una realidad fuera de cualquier duda. El Nuevo Testamento relata que su cuerpo sin vida fue colocado en un sepulcro nuevo que José, hombre rico de Arimatea, había labrado en la peña. Luego se hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro. Pero la muerte no pudo mantener el cuerpo de Cristo en esta hermética tumba. La tercera obra maravillosa en relación con Cristo es que resucitó al tercer día. La resurrección de Cristo fue la manera que Dios el Padre expresó su satisfacción con la obra sublime de su Hijo amado al morir en la cruz en rescate por nuestros pecados. Una vez que se satisfizo la justicia de Dios por el pecado del hombre, Dios levantó a su Hijo de entre los muertos, y tiempo más tarde, Cristo fue ascendido a la gloria de su Padre en donde está en la actualidad esperando el momento para su segunda venida. Es imperativo tomar en cuenta que si Cristo no hubiera resucitado físicamente de entre los muertos, no habría garantía alguna de que Dios había aceptado la obra expiatoria de Cristo. Pero habiendo resucitado, está garantizada nuestra justificación. Romanos 4:25 dice: «el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.» La muerte de Cristo satisfizo de tal manera todas las demandas del trono de Dios por el pecado del hombre, que por medio de resucitar a Cristo, Dios está diciendo que no existe barrera alguna para nuestra justificación. Al igual que con la muerte de Cristo, su resurrección física también ocurrió conforme a las Escrituras. Isaías 53:10 dice: «Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada.» Así que, amable oyente, tanto la iglesia de Corinto como las Escrituras son dos testigos veraces de la realidad de la resurrección de Cristo. Si Cristo no hubiera resucitado no tendría sentido confiar en el mensaje del evangelio.

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