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Instrucciones que Dios ha dejado en su palabra para los matrimonios

Es motivo de gran gozo para nosotros, el saber que usted nos está escuchando. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy.

La institución más antigua establecida por Dios en la tierra es el matrimonio. Si deseamos matrimonios conforme a la idea original de Dios es necesario dar atención a las instrucciones que Dios ha dejado en su palabra para los matrimonios. Algunas de esas instrucciones serán materia del estudio bíblico de hoy con David Logacho. Estos estudios bíblicos se fundamentan en la primera epístola de Pablo a los Corintios, en la serie que lleva por título: Un mensaje oportuno para una iglesia en crisis.

En su astucia para el mal, Satanás sabe que el matrimonio juega un papel importante en el bienestar de toda sociedad. Para corromper una sociedad, Satanás comenzará por corromper los matrimonios. Bien se ha dicho por tanto, que esa institución creada por Dios está bajo permanente asedio por parte de Satanás.

¿Qué hacer como creyentes para que nuestros matrimonios no sucumban ante ese asedio de Satanás? Pues volver la mirada a Dios para recibir de él no sólo la fortaleza sino las instrucciones necesarias para mantener la integridad del matrimonio.

Dios en su palabra, la Biblia ha puesto a disposición del ser humano toda la información para que los matrimonios sean lo que Él siempre ha querido. Parte de esas instrucciones aparecen en el pasaje bíblico que nos corresponde estudiar el día de hoy.

Se encuentra en 1 Corintios 7:10-14. La primera parte, entre los versículos 10-11 encontramos las instrucciones para los matrimonios entre creyentes y la segunda parte, entre los versículos 12-14 encontramos las instrucciones para los matrimonios entre un creyente y un incrédulo.

Vayamos por tanto a la primera parte: Instrucciones para los matrimonios entre creyentes. Lo primero que notamos es el preámbulo del mandato. 1 Corintios 7:10 dice: «Pero a los que están unidos en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor»

Detengámonos allí. En el pasaje bíblico inmediatamente anterior, Pablo estaba dando instrucciones a los solteros y a las viudas. Ahora va a cambiar su enfoque. Va a dirigirse a los que están unidos en matrimonio. El matrimonio resulta en una unidad sobrenatural. Es una obra creativa de Dios. De dos personas, Dios hace uno. Si usted se ha casado, amiga, amigo oyente, Dios le ha hecho uno con su esposo o esposa. Es a los dos a quienes dirige Dios estas solemnes palabras.

Además, Pablo deja muy en claro que el mandato que está por enunciar, fue originalmente enunciado por el Señor Jesucristo. Mando, no yo, sino el Señor, dice Pablo. Pablo escribió las palabras, pero el autor intelectual de esas palabras es el Señor Jesucristo. Esto es lo que los teólogos llaman la inspiración de las Escrituras.

Muy bien. Veamos entonces el mandato propiamente dicho. 1 Corintios 7:10-11 dice: «Que la mujer no se separe del marido; y si se separa, quédese sin casar, o reconcíliese con su marido; y que el marido no abandone a su mujer.»

El mandato del Señor aparece por varias ocasiones en los evangelios. Por ejemplo, en Mateo 19:4-6 donde dice: «Él, respondiendo, les dijo: ¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo, y dijo: Por esto el hombre dejará a su padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne? Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre»

De una manera clara y enfática, el Señor Jesucristo da a conocer el ideal de Dios para el matrimonio. Por cuanto el hombre y la mujer que se casan son hechos una sola carne mediante una obra sobrenatural de Dios es imperativo que siempre estén juntos. Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre dice el texto.

Pablo se hace eco de este mandato del Señor y dice: Que la mujer no se separe del marido. Esta es la voluntad de Dios para el matrimonio entre creyentes.

Ahora bien, triste y lamentablemente, el ideal de Dios no siempre se da en el matrimonio. No son pocos los casos cuando el nivel de conflictividad en la relación entre esposos hace prácticamente imposible que continúen juntos. Eventualmente, esta situación terminará en una separación de los esposos.

Al hablar de separación, no estamos hablando de divorcio. Los esposos siguen casados, pero no viven juntos, están separados. En este caso, se aplica el mandato del Señor Jesucristo cuando hablando a una esposa que se ha separado de su esposo, dice: Y si se separa, quédese sin casar, o reconcíliese con su marido.

La esposa que se ha separado del marido tiene únicamente dos opciones:

Número uno, quedarse sin casar, es decir permanecer sin esposo hasta la muerte o,

Número dos, reconciliarse con su esposo.

Interesante que a pesar de no estar viviendo juntos, la pareja que se ha separado, sigue casada a los ojos de Dios, de manera que si él o ella se casan con otra persona, estarán cometiendo pecado de adulterio.

Todo lo que se ha dicho para la mujer casada también se aplica al hombre casado. Por eso, el Señor Jesucristo dice: Y que el marido no abandone a su mujer.

En este punto, es inevitable tocar el tema del divorcio. Desgraciadamente, el divorcio existe. Por supuesto que divorcio no es la voluntad de Dios y por tanto, la Biblia jamás ordena a una pareja que se divorcie. Todo lo contrario, la Biblia enseña que Dios aborrece el divorcio. Malaquías 2:16 dice: «Porque Jehová Dios de Israel ha dicho que él aborrece el repudio, y al que cubre de iniquidad su vestido, dijo Jehová de los ejércitos. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales.»

Pero todo esto no hace que el divorcio desaparezca. En cuanto al divorcio no existe unidad de criterio entre los intérpretes bíblicos, pero hasta donde yo puedo discernir, es claro que no existe más de una causal válida para divorcio: la fornicación.

Luego de establecer el ideal de Dios para el matrimonio, los fariseos, tentando a Jesús, le hicieron una pregunta: ¿Por qué, pues, mandó Moisés dar carta de divorcio, y repudiarla? La respuesta de Jesús aparece en Mateo 19:8-9 donde leemos: «Él les dijo: Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres; mas al principio no fue así. Y yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada, adultera»

De estas palabras, se concluye que la única causal válida para el divorcio es la fornicación. No olvidemos que fornicación significa cualquier desviación de lo que Dios ha establecido como norma para el correcto uso del sexo.

Cuando se ha agotado todo esfuerzo posible para que uno de los cónyuges reconozca el pecado de fornicación, lo confiese a Dios y se aparte del mismo, no queda sino optar por el menor de los males, el cual es el divorcio. El divorcio mata esa obra creativa de Dios al hacer de dos uno. No es extraño por tanto que Dios aborrezca el divorcio.

Dicho esto, tenemos la segunda parte del pasaje bíblico: Instrucciones para los matrimonios entre creyente e incrédulo.

Este no es un caso de yugo desigual. No se trata de que un creyente que en desobediencia a Dios se casó con un incrédulo. Se trata más bien de una pareja incrédula, en la cual uno de los dos llega a recibir a Cristo como Salvador, pero la otra parte no.

Este es el caso que Pablo tiene en mente. Sobre este caso, el Señor Jesucristo no se pronunció. Por eso Pablo comienza su discurso a este tipo de parejas diciendo lo que aparece al comienzo de 1 Corintios 7:12 «Y a los demás yo digo, no el Señor»

Esto no resta en absoluto peso o autoridad a lo que Pablo está por decir. No olvide que todo lo que dice Pablo en esta carta es bajo la inspiración del Espíritu Santo, de modo que sus palabras tienen el mismo peso y autoridad que las dichas por el Señor Jesucristo.

Veamos pues qué es lo que instruye Pablo. 1 Corintios 7:12-13 dice: «Si algún hermano tiene mujer que no sea creyente, y ella consciente en vivir con él, no la abandone. Y si una mujer tiene marido que no sea creyente, y él consciente en vivir con ella, no lo abandone.»

En la época que Pablo escribió esta carta a los Corintios, algunos de ellos estaban pensando que cuando uno de los cónyuges llegaba a ser creyente y el otro todavía no, lo aconsejable sería que el cónyuge creyente abandone al cónyuge incrédulo.

Pablo da su veredicto sobre esto. Dice: Que la parte creyente no abandone a la parte incrédula, siempre y cuando la parte incrédula esté de acuerdo en vivir junto a la parte creyente.

La razón para esta instrucción aparece en 1 Corintios 7:14 donde dice: «Porque el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula en el marido; pues de otra manera vuestros hijos serían inmundos, mientras que ahora son santos»

La parte creyente tiene un efecto santificador en la parte incrédula. ¿Qué significa esto? Pues que la presencia de un creyente en el hogar separa, en cierto modo, ese hogar del mundo, al proveerle de una influencia benéfica que, de otra manera no tendría.

Por consiguiente, un cónyuge creyente debería permanecer con su cónyuge incrédulo. Sin embargo, esto no quiere decir que los niños nacidos en ese hogar serán automáticamente creyentes. Son santos en el sentido de que están puestos aparte mediante la presencia de la parte creyente y expuestos a esta influencia benéfica.

¿Pero qué pasa cuando la parte incrédula no quiere saber nada de continuar viviendo junto a la parte creyente? Esta pregunta se contesta en lo que resta del pasaje bíblico, lo cual será tema de nuestro próximo estudio bíblico.

Por ahora, que guardemos en nuestra mente que el ideal de Dios para el matrimonio cristiano es que los cónyuges no separen. Debemos respetar este ideal de Dios. Los conflictos son inevitables y hasta necesarios en las parejas, pero jamás debemos pensar que la manera de resolverlos es mediante una separación o peor, mediante un divorcio.

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